La importancia de las normas no escritas

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Por: Roberto Blum

En el verano de 1787 se reunieron en la ciudad de Filadelfia, en Pensilvania, los cuarenta y dos representantes de los trece Estados independientes y soberanos que pocos años antes se habían separado de la Corona británica y logrado su pleno reconocimiento internacional en el Tratado y la posterior paz de París de 1783. El propósito de tal asamblea constituyente fue construir una más perfecta unión entre ellos tal como lo declararon en el preámbulo de su documento constitucional.
“Nosotros, el Pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar una unión más perfecta, establecer la justicia, asegurar la tranquilidad interior, proveer para la defensa común, promover el bienestar general y asegurar para nosotros y para nuestra prosperidad los beneficios de la libertad, establecemos y sancionamos esta Constitución para los Estados Unidos de América”.
Esa Constitución, escrita en un brevísimo documento, cuenta tan sólo con 4 mil 400 palabras incluyendo el preámbulo y los siete artículos que la componen. En sus 233 años de existencia y 231 de vigencia ha sido modificada tan solo con veintisiete enmiendas, diez de ellas prácticamente coetáneas con el documento original pues fueron ratificadas en 1791 y las diecisiete siguientes en el periodo que alcanza hasta 1992 en que fue ratificada la enmienda número veintisiete, una enmienda que languideció por 202 años y siete meses antes de ser finalmente integrada al texto constitucional.
La Constitución de los Estados Unidos es breve y sucinta. En sus tres primeros artículos se organizan los poderes del Estado federal, el legislativo, el ejecutivo y el judicial. En el cuarto se organiza la federación, el quinto establece la forma de modificar la Constitución, el sexto reconoce las deudas y obligaciones contraídas por la Confederación. Asimismo, establece la jerarquía de las normas federales y estatales. Y finalmente, en el artículo séptimo se declara que la ratificación de nueve Estados será suficiente para establecer como ley suprema de la Unión esa Constitución.
Sin embargo, la brevedad y la economía de ese documento, modelo de muchas otras constituciones modernas, hace necesario el reconocimiento y la vigencia efectiva de muchas otras normas no escritas, normas culturales implícitas acerca del quehacer y el comportamiento político, sin las cuales todo el aparato constitucional estadunidense puede derrumbarse como un frágil castillo de naipes.
Uno de los momentos más peligrosos en todo sistema político es aquel en que se traslada el poder del gobierno a un nuevo personaje o grupo gobernante. Tal es lo que sucede en los sistemas democráticos donde es el voto de los ciudadanos que decide a quien se le entrega el enorme poder del gobierno del Estado. Los beneficios personales y grupales que genera la posesión efectiva del poder del gobierno son tales, que quienes lo poseen, no desean perderlos. Así la competencia para alcanzar el gobierno de una sociedad puede ser feroz y violenta. Es el sistema institucional el que puede moderar las conductas de los contendientes al establecer las reglas legales y extralegales que se permiten en la competencia política electoral.
Las leyes electorales no pueden prever, abarcar y resolver todos los problemas que presentan las distintas circunstancias de múltiples intereses generalmente contrapuestos en la compleja realidad política. Es por esto por lo que la existencia de reglas no escritas, producto de la gradual evolución de una fuerte y asentada cultura política democrática son tan importantes y necesarias.
Hoy observamos como la civilidad y la aceptación graciosa, tanto de los ganadores como de los perdedores de la contienda política, son indispensables para mantener y perfeccionar la vigencia de las normas escritas en la Constitución y la legislación. Sin ellas no hay democracia que dure.


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