OPINION: México y la historia que se repite

OPINION: México y la historia que se repite

Andrés Manuel López Obrador fue electo presidente de México, el candidato que representa a la izquierda retrógrada, la del discurso populista y mesiánico, la misma que culpa al capitalismo y neoliberalismo de la pobreza, la corrupción y el narcotráfico. López Obrador promete erradicar dichas plagas casi por arte de magia, por obra y gracia del estado benefactor, ese que no produce riquezas y sí exceso de gastos y endeudamiento fiscal mientras limita y cercena las libertades del individuo, así como su creatividad y emprendimiento.

He aquí un clásico ejemplo de como un pueblo sumido en circunstancias paupérrimas no aprende de la Historia ni de lo sucedido en países vecinos, en los que se ha aplicado el mismo proyecto político por el que aboga López Obrador y que ha resultado un fracaso, tal como ha sucedido en Venezuela (no bastó con la experiencia cubana). Los cantos de sirenas de la demagogia populista vuelven a surtir efecto en un pueblo que está en crisis y cuyo infortunio anula el sentido común y la racionalidad para discernir e indagar en las causas que han originado sus problemas.

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La tendencia es culpar al sistema político imperante, en este caso al capitalismo democrático y liberal, sin reparar en otros factores que han condicionado el mal funcionamiento del mismo en este país, como el factor cultural y humano, la herencia colonialista, o a decir de Octavio Paz: “ese patrocinio heredado de los virreinatos, germen de la dependencia estatista, la corrupción y el abuso de poder”. Existen ejemplos más felices de países latinoamericanos que han podido subsanar estos males con un proyecto pragmático y responsable, en los que se ha creado un orden institucional que ha funcionado, lo mismo en el plano político que en el económico, y en los que la responsabilidad individual ha sido un factor determinante, como son los casos de Chile y Uruguay. En ambos países la derecha y la izquierda han respetado las instituciones democráticas que han traído estabilidad y prosperidad, obrando diligentemente, sin necesidad de acudir a medidas radicales a sabiendas de sus nefastas consecuencias.

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La democracia le ha dado la posibilidad al pueblo mexicano de elegir a un presidente con todos los ademanes para destruir aún más al sistema político que lo llevó al poder, un representante de esa izquierda caníbal e irresponsable que apela a las emociones y la desesperanza de un pueblo con promesas imposibles de cumplir, tal como lo ha demostrado la Historia en otros países del continente. Aún existen ilusos, los eternos militantes de la utopía –o de la tentación de lo imposible–, que con desmedido optimismo vaticinan un futro halagüeño para México y hasta llegan a esgrimir como una buena señal la elección que ha hecho López Obrador de los miembros que conforman su gabinete de gobierno. La historia se repite (más como tragedia que comedia): algo muy parecido a lo que sucedió en Venezuela con Hugo Chávez, quien, independientemente de las personas capaces que lo rodeaban, tenía un proyecto político erróneo y destinado al fracaso, el cual solo sirvió para cambiar la constitución y perpetuarse en el poder en el nombre de los pobres y en contra de los corruptos, para así crear más pobreza y corrupción.

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México, uno de los países con mayor flujo migratorio hacia Estados Unidos, ha elegido a un presidente cuyo discurso mesiánico se jacta de haber encontrado la fórmula perfecta para acabar con los males sociopolíticos de su país y, en consecuencia, los mexicanos no tendrán ya la necesidad de cruzar la frontera entre México y Estados Unidos en busca de un mejor futuro. He aquí, una vez más, el mal latinoamericano que no cesa: hacer política de ficción, esa que encuentra asidero en la desgracia de un pueblo. He aquí el remedio enfermando más que la enfermedad.

Por: POR JOAQUÍN GÁLVEZ