LBGTQ+ … de lo transexual a la distrofia de género, y luego …

El no entender el fenómeno LBGTQ+ degenera en el mejor de los casos en distrofia de género, etiquetas, abusos, e incluso la muerte.

  • Hoy en día el modo en que se ha conceptuado la transexualidad está escuetamente normado en el manual de psicología DSM, pobremente definido en las legislaciones y mal concebido en las mentes de los ciudadanos.

  • El “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales” es la biblia de los psicólogos, y contiene las definiciones diagnósticas de cada trastorno psicológico.

  • Un trastorno psicológico, no es más que un patrón de síntomas psicológicos o de comportamiento que afectan a varias áreas de la vida y/o crean alguna clase de malestar emocional en la persona que lo padece.

  • Muchas personas que no han alcanzado a entender, comprender o aceptar su sexualidad padecen de múltiples trastornos psicológicos, que al ser incomprendidos ha requerido más de 50 años para lograr una definición medianamente aceptable para la comunidad LBGTQ.

  • Los trastornos que padecen dichas personas, no son menos que los trastornos que sufren aquellos que son acosados o que les hacen bulling. En algunos casos se puede comparar con los trastornos que sufren aquellos que padecen luto o simplemente que entran en depresión debido a las circunstancias de su realidad.

  • LOS INICIOS DE LA TRANSEXUALIDAD

  • La transexualidad se incluye en el DSM en la tercera edición de 1980, casi al mismo tiempo se excluye a la homosexualidad gracias, en gran medida, a la presión ejercida por los movimientos de gais y lesbianas.

  • Los movimientos primeros movimientos LBGT exigían la despatologización del deseo homoerótico.

  • Se concibió en la práctica el concepto de “nominalismo dinámico” creado por Hacking (1999). Para este filósofo canadiense, la creación de una nueva categoría humana −como la homosexualidad o la transexualidad− tiene importantes efectos sobre las personas etiquetadas, puesto que cada categoría abre nuevas posibilidades de ser y de existir, configura un nuevo espacio para la autointeligibilidad.

  • Sin embargo, las personas no aceptan de forma acrítica las nuevas categorías, ya que pueden resignificarlas o rechazarlas. Se produce así una constante interacción −aunque, a menudo, asimétrica− entre las personas y las formas en que son categorizadas.

  • Y esto es justamente lo que sucede con el DSM y las personas tipificadas como “transexuales” u “homosexuales”. La APA desarrolla categorías que influyen en las personas diagnosticadas, pues la fuerza y legitimidad que rodean al manual (y, por extensión, a la psiquiatría norteamericana y a la biomedicina en general) facilita el que las personas interioricen que su condición es anormal, patológica. Un ejemplo de ello lo encontramos en las palabras de Aurora//revintsociologia.revistas.csic.es/index.php/revintsociologia/article/view/673/825#NOTE6″>[6], una de las mujeres trans entrevistadas que era usuaria de la UTIG: “Igual que nacen personas ciegas o con síndrome de Down, nacen personas transexuales”. Con todo, existen personas “trans” que rechazan la visión patologizante que se tiene de ellas. Estas personas han creado incluso un término autorreferencial, “transgénero”, con el objetivo de alejarse de las categorías clínicas (transexual y travesti) con que estaban siendo diagnosticadas. Bajo el paraguas del vocablo “transgénero” encontramos a una multitud identitaria que expresa un género distinto al de asignación. Entre esta multitud hay personas que no quieren ajustarse a la lógica de género dicotómica y reniegan del protocolo asistencial estandarizado, basado en la terapia hormonal y las cirugías de reasignación sexual[7].

  • Sin embargo, algunos estudios (Mas Grau 2015Missé y Coll-Planas 2015) han mostrado que no solo el discurso biomédico produce una normatividad mediante la creación de categorías psiquiátricas, puesto que los discursos y categorizaciones del activismo crítico (como queer o transgénero) también pueden crear sus propias jerarquías en función del nivel de compromiso personal con el proyecto contestatario (estableciéndose diferencias entre auténticos transgresores y víctimas del sistema de género). Sea como fuere, los términos “travesti”, “transgénero” y “transexual” han tenido usos y significados cambiantes en función del periodo histórico y el contexto sociocultural, tal y como revelan los trabajos realizados en España (Soley-Beltran y Coll-Planas 2011Platero 2011Soley-Beltran 2013) y en Estados Unidos (Valentine y Kulick 2001Valentine 2007). El empleo y significado de estas categorías revela una compleja interacción entre instituciones políticas, organismos médicos y sanitarios, centros académicos y organizaciones trans, con la que se negocian constantemente significados sobre el género, la sexualidad y, por extensión, la realidad.

  • Pero lo que aquí nos interesa analizar es la reacción que ha tenido históricamente la APA ante las presiones para desclasificar la homosexualidad y, en especial, la transexualidad. Y es que este organismo siempre ha mostrado grandes reticencias a la hora de eliminar un diagnóstico de sus clasificaciones, por lo que antes tiende a realizar concienzudos esfuerzos de reconceptualización, lo que Nieto (2008) denomina “camouflage o travestissement semántico”, con el objetivo de ofrecer una versión eufemística de la patología –a menudo, recurriendo a tecnicismos– sin modificar con ello su esencia patologizante.

  • En el caso de la homosexualidad, en la séptima reimpresión del DSM-II (1974) los miembros de la APA deciden cambiar este término por “perturbación de la orientación sexual”. En el DSM-III (1980), sustituyen esta categoría por “homosexualidad egodistónica”, un diagnóstico creado para referirse a aquellas personas que sufren a causa de su orientación homosexual. En la edición revisada del DSM-III (1987), se elimina este concepto por considerarse que dicho sufrimiento, de estar presente, es producto de la homofobia social y no de la condición homosexual per se (Braunstein 2005; Nieto 2011; Lev 2013). Pero la APA crea entonces, para el DSM-IV, los “trastornos sexuales no especificados”, una categoría con la que puede ser diagnosticada toda aquella persona que siente una “sensación profunda de inadecuación con respecto a la actitud sexual u otros rasgos relacionados con los estándares autoimpuestos de masculinidad o feminidad” o un “malestar profundo y persistente en torno a la orientación sexual” (Asociación Psiquiátrica Norteamericana 2002 247). Estos criterios diagnósticos nos sugieren que se ha creado una categoría paraguas con la que seguir “psiquiatrizando” a las expresiones sexo-genéricas no normativas y que no tienen un diagnóstico específico. No es difícil advertir que la “sensación de profunda inadecuación” o el “malestar profundo y persistente” se deben dar muy especialmente en aquellas personas que experimentan las sanciones sociales por tener una orientación sexual o desarrollar unos roles de género que no se ajustan a la lógica heteronormativa y androcéntrica.

  • La evolución de la transexualidad en el DSM presenta grandes paralelismos con el recorrido que ha tenido la homosexualidad. En el DSM-III, el fenómeno fue denominado “transexualismo”. Los criterios diagnósticos de este nuevo trastorno reflejaban la influencia de los primeros teóricos, como Benjamin (1966) o Stoller (1968; 1975). Aparte de haber alcanzado la pubertad (a los niños se les diagnosticaba el “trastorno de la identidad sexual en la infancia”), eran necesarios dos requisitos más para confirmar el diagnóstico un malestar persistente respecto al propio sexo anatómico y “una preocupación de por lo menos dos años de duración sobre cómo deshacerse de las características sexuales primarias y secundarias y de cómo adquirir las características sexuales del otro sexo” (APA 1989: 94). Con estos criterios se estaba validando el concepto de “transexual verdadero” (Benjamin 1966), cuyo principal rasgo definidor era la firme voluntad del sujeto de someterse a la cirugía genital. A aquellas personas que no cumplían con este requisito de autenticidad, se les reservaba otro diagnóstico: el “trastorno de la identidad sexual en la adolescencia o en la vida adulta”. Como recuerda Mejía (2006), en aquella época las personas que no querían operarse eran vistas como pseudotransexuales.

  • Con la publicación del DSM-III surgen las primeras personas que muestran su incomodidad porque se está patologizando explícitamente su condición. Es por ello que la APA decide cambiar de denominación en la siguiente edición del manual dando un giro conceptual que recuerda inevitablemente al que experimentara la homosexualidad en 1974. Ya no se nombra a la homosexualidad ni a la transexualidad, pero se patologiza el deseo homoerótico y la identificación de género cruzada, con el empleo de términos que denotan enfermedadperturbación de la orientación sexual” y “trastorno de la identidad de género” (en adelante TIG). En opinión de Nieto (2008), los redactores del DSM podrían haber utilizado otras palabras que resaltaran la agencia del sujeto, como “disconformidad” o “rechazo” (de género), pero se decantan por “trastorno” al ser un término “enfermizante” que legitima la intervención psiquiátrica.

  • En el DSM-IV, el TIG está incluido en el apartado de los “trastornos sexuales y de la identidad sexual”, que se dividen en cuatro tipos las “disfunciones sexuales” (p. ej. la eyaculación precoz o el deseo sexual hipoactivo), las “parafilias” (p. ej. el fetichismo o el exhibicionismo), los “trastornos de la identidad de género” (donde se incluye al TIG) y el “trastorno sexual no especificado” (esa categoría paraguas de la que hablábamos anteriormente). Para poder diagnosticar el TIG, se requiere el cumplimiento de los siguientes criterios: “A. Identificación acusada y persistente con el otro sexo”; “B. Malestar persistente con el propio sexo o sentimiento de inadecuación con su rol”; “C. La alteración no coexiste con una enfermedad intersexual”; “D. La alteración provoca malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo” (Asociación Psiquiátrica Norteamericana 2002: 245-246). Una de las principales novedades respecto a la edición anterior es la eliminación del trastorno específico para aquellas personas que no muestran un deseo persistente de modificar sus caracteres sexuales. Aun así, los criterios establecidos para el TIG siguen asociando estrechamente la transexualidad con el malestar corporal y el deseo de pasar por el quirófano:

  • “En los adolescentes y en los adultos la alteración se manifiesta por síntomas como preocupación por eliminar las características sexuales primarias y secundarias (p. ej., pedir tratamiento hormonal, quirúrgico u otros procedimientos para modificar físicamente los rasgos sexuales y de esta manera parecerse al otro sexo) o creer que se ha nacido con el sexo equivocado” (ibídem 246).

  • Si nos fijamos en los criterios diagnósticos A y B, estos tan solo adquieren sentido si presuponemos que únicamente es normal la total correspondencia entre el sexo biológico y la identidad de género (Useche 2005). De este modo, cualquier persona que rechaza el género que se le asigna al nacer y desea adoptar una apariencia socialmente vinculada con el otro género, es susceptible de padecer un trastorno. Esto supone un claro reforzamiento de uno de los postulados centrales de nuestro sistema de sexo/género, según el cual ha de existir una estrecha correlación entre los caracteres sexuales y la identificación de género de la persona (Mas Grau 2013). La APA afirma que se limita a ofrecer “la mejor descripción que existe sobre cómo se presentan los trastornos mentales y cómo pueden los clínicos reconocerlos” (Asociación Psiquiátrica Norteamericana 2014 XLV). El enfoque eminentemente descriptivo del DSM parece obedecer a una voluntad científica desapasionada, neutral, alejada de prejuicios. No obstante, esta “asepsia” epistemológica no parece tal cuando observamos los criterios diagnósticos del TIG, en los que lo normativo también tiene cabida. El sistema clasificatorio del DSM se basa tanto en datos científicos como en valores sociales, ya que la concepción de normalidad que se sostiene en este manual se basa en buena medida en nociones de conformidad social (Klerman 1987Laungani 2002Martínez y Montenegro 2010).

  • Además, sostener que estas personas se identifican “con el otro sexo” supone una simplificación de una realidad que es plural y diversa. Esta lógica dicotómica ignora que existen personas cuyos cuerpos y subjetividades no se ajustan al binomio hombre/mujer y que cuestionan las categorías identitarias que conforman nuestro universo sexo-genérico. En este sentido, las palabras de Luis (activista) reflejan este posicionamiento crítico “No se valora el tránsito. ¿Por qué se ignora a la gente que transita, es decir, a aquellos que no se sienten ni hombre ni mujer? No hay que construir constantemente hombres y mujeres transexuales”.

  • Cuando se acaba de publicar la edición revisada del DSM-IV, en el año 2002, ya son varios los ámbitos desde los que se pone en duda la inclusión de la transexualidad en las nosologías de los trastornos mentales (Nieto y De la Calle 2015). Estas voces críticas provienen incluso del mismo grupo de trabajo encargado de la revisión de los “trastornos de la identidad de género” para el DSM-5, como Cohen-Kettenis y Pfäfflin (2010), quienes cuestionan que la divergencia entre el género asignado y la identidad de género sea, por sí misma, un trastorno mental. A ello debemos añadirle que, a finales de los años 2000, autoridades políticas y organismos internacionales empiezan a posicionarse a favor de la despatologización. Es el caso del Comisario Europeo de Derechos Humanos, Thomas Hammarberg, quien en un informe de 2009 solicita la desclasificación de la transexualidad al considerar que la atención sanitaria puede realizarse sin efectuar antes un diagnóstico de trastorno mental. Por su parte, en una resolución de septiembre de 2011, el Parlamento europeo exige la “desiquiatrización de la vivencia transexual y transgénero” (punto 13) y pide a la OMS que, en la undécima versión de la CIE (prevista para 2018), suprima “los trastornos de identidad de género de la lista de trastornos mentales y del comportamiento, y que garantice una reclasificación de dichos trastornos como trastornos no patológicos” (punto 16). En fin, en junio de 2012 el pleno del Parlament de Catalunya incluye en una declaración institucional la necesidad de perseverar en el proceso de revisión de la próxima edición de la CIE para que se excluya al transexualismo del catálogo de enfermedades mentales.

  • Ante esta coyuntura, la APA tenía que reaccionar de algún modo. La voluntad de mostrarse sensibles ante los comentarios y críticas recibidos llevó a la APA a reconceptualizar de nuevo la categoría diagnóstica//revintsociologia.revistas.csic.es/index.php/revintsociologia/article/view/673/825#NOTE8″>[8]. En un primer borrador, publicado en 2010[9], cambiaron el “trastorno de la identidad de género” por “incongruencia de género” (Gender Incongruence), afirmando que comprendían las objeciones de las asociaciones en torno al uso de la palabra “trastorno” como elemento estigmatizante. La APA sostenía que la nueva categoría reflejaba mejor la “esencia del problema” porque permitía centrar la atención en “la incongruencia existente entre la identidad que uno experimenta o expresa y el género asignado”.

  • A pesar de este cambio, las críticas no remitieron puesto que el uso del término “incongruencia” conlleva también una fuerte carga estigmatizante. Baste recordar que la RAE define esta palabra, en su segunda acepción, como “un dicho o hecho faltos de sentido o de lógica”. Asimismo, la APA se había planteado situar esta categoría diagnóstica en un apartado especial del manual, al ser “un tipo inusual de trastorno mental que es tratado con hormonas y cirugías de reasignación sexual”. Aunque al final optaron por no destacar su excepcionalidad por la misma razón con la que justifican su no desclasificación si bien reconocen que el diagnóstico “puede tener un efecto estigmatizante”, destacan que, al mismo tiempo, “facilita la asistencia clínica y la cobertura del seguro médico” (Asociación Psiquiátrica Norteamericana 2013a). Así pues, la transexualidad sigue en el DSM para no poner en peligro el acceso al tratamiento de estas personas.

  • Pero en la versión definitiva del DSM-5 han realizado otro cambio terminológico y se han decantado por “disforia de género”, argumentando que “incongruencia de género” es una categoría “que podría aplicarse erróneamente a personas con conductas de género atípicas pero que, en cambio, no tienen ningún problema de identidad de género”. La APA se inclina finalmente por esta denominación por tener “una larga historia en la sexología clínica y resultar familiar a clínicos y especialistas en el tema”. El concepto “disforia de género” fue acuñado por el médico inglés Norman Fisk (1974) para referirse no solo a la transexualidad sino también a otros trastornos relacionados con la identidad de género. Con el término “disforia”, Fisk pretendía destacar el malestar personal resultante del conflicto entre la identidad de género y el sexo biológico, malestar que adquiriría su grado máximo en el caso de la transexualidad.

  • Con el cambio de denominación, la esencia del diagnóstico ya no es la identificación de género cruzada (la APA admite que la no conformidad de género no es per se un trastorno mental), sino “el malestar que puede acompañar a la incongruencia entre el género experimentado o expresado y el género que se asigna” (Asociación Psiquiátrica Norteamericana 2014 451). No obstante, convertir el malestar (o su versión técnica “disforia”) en sinécdoque de la categoría diagnóstica supone otra forma más de homogeneizar la pluralidad que caracteriza al mundo “trans”. Existen personas que no sienten angustia alguna por su condición. Y si en realidad experimentan algún malestar, éste es generado por una sociedad tránsfoba que las estigmatiza. Además, el empleo de esta categoría conlleva ampliar el alcance de los sujetos diagnosticables, pues no pocos gais y lesbianas sienten malestar ‒o rechazo‒ hacia un género asignado en base a los principios de la heteronormatividad. Y si concebimos el género como un ideal normativo de difícil personificación, podemos sostener que el concepto de disforia “es tan amplio que, posiblemente, todas las personas la experimentamos de forma más o menos leve” (King 1993: 64)

  • LA DISTROFIA DE GÉNERO

  • Los cambios efectuados en esta última edición no se limitan al nombre del diagnóstico, sino que también afectan a la ubicación del trastorno dentro del manual, a los criterios diagnósticos y a los especificadores.

  • En cuanto a la ubicación, es de destacar que la “disforia de género” forma una nueva clase diagnóstica dentro del DSM-5, por lo que ha sido separada de las “disfunciones sexuales” y las “parafilias”.

  • Esta reclasificación puede ser entendida como otro intento más de la APA para lograr una categoría de apariencia menos estigmatizante, pues ahora ya no está junto al “exhibicionismo” o la “pedofilia”.

  • En relación a los criterios diagnósticos, se ha decidido tratar separadamente la disforia infantil de la disforia durante la adolescencia y la adultez. Centrémonos en los criterios diagnósticos de esta última

  • “A. Una marcada incongruencia entre el sexo que uno siente o expresa y el que se le asigna, de una duración mínima de seis meses, manifestada por un mínimo de dos de las características siguientes

    1. Una marcada incongruencia entre el sexo que uno siente o expresa y sus caracteres sexuales primarios o secundarios (o en los adolescentes jóvenes, los caracteres sexuales secundarios previstos).
    2. Un fuerte deseo por desprenderse de los caracteres sexuales propios primarios o secundarios, a causa de una marcada incongruencia con el sexo que se siente o expresa (o en los adolescentes jóvenes, un deseo de impedir el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios previstos).
    3. Un fuerte deseo por poseer los caracteres sexuales, tanto primarios como secundarios, correspondientes al sexo opuesto.
    4. Un fuerte deseo de ser del otro sexo (o de un sexo alternativo distinto del que se le asigna).
    5. Un fuerte deseo de ser tratado como del otro sexo (o de un sexo alternativo distinto del que se le asigna).
    6. Una fuerte convicción de que uno tiene los sentimientos y reacciones típicos del otro sexo (o de un sexo alternativo distinto del que se le asigna).
  • B. El problema va asociado a un malestar clínicamente significativo o a un deterioro en lo social, laboral u otras áreas importantes del funcionamiento” (APA 2014 452-453).

  • DEL DIAGNÓSTICO A LAS ETIQUETAS, Y DE LAS ETIQUETAS A LA VIOLENCIA

  • En todo momento que personas sin ética recurren a determinar, clasificar, juzgar o diagnosticar a una persona por sus tendencias de género, inician las etiquetas.

  • Las etiquetas sociales son la forma más básica de la violencia. Las etiquetas son el generador de malestar psicológico para la mayoría de personas que no logran asimilar un hecho de su realidad.

  • Dicho malestar se incrementa cuando las etiquetas verbales, comienzan a convertirse en contacto físico, y por lo tanto deriva en abuso físico.

  • El abuso físico puede darse frecuentemente si el abuso verbal logra sus cometidos, que son avergonzar y socavar la identidad o autoestima de la persona.

  • Ante una situación de ataque, acoso, abuso, o bullyng debe de acudir a un profesional de la salud mental par que le apoye a lograr la resilencia necesaria y pueda curar esos traumas y heridas emocionales con mayor facilidad y rapidez, sin dejar cicatrices ni secuelas.

  • El afrontar solo o sola, sin recursos psicológicos y emocionales, en una situación de abuso verbal o físico puede llegar a consecuencias graves, incluso la muerte.

Síguenos en Facebook

El sitio web Prensa Objetiva utiliza cookies como parte funcional de la misma, recabamos dicha información de forma anónima y únicamente con el fin de darle un funcionamiento correcto al sitio web. Asumimos que estás de acuerdo con ello, pero de no estarlo puedes abandonar la página o puedes darle Click al botón de aceptar, y continuar disfrutando del contenido que te ofrecemos. Aceptar Leer T&C

Do NOT follow this link or you will be banned from the site!