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Ah. ¡La Familia!

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Parto de la premisa, que siempre es bueno
recordar y sobre todo aquello que nos transmiten las mejores experiencias y
aprendizajes, que de ser viables ser transmitido a hijos, nietos, padres,
docentes, de aquí la siguiente anécdota.

Un amigo de la infancia, vecino solíamos jugar
bien en mi casa o en la suya con juguetes camioncito, aviones (casi
imaginarios, ya que era muy rústicos, y con cierto deterioro), siempre siendo
un poco observador y curioso (la semilla lejana de estudiar y graduarme como
Licenciado en Pedagogía con mención en Química) una o más diferencias entre su
familia y la mía eran las siguientes: cuando su papá se despedía para irse al
trabajo, la mamá (Isabel) llamaba a sus hijos (realmente 5 niñas – dos de ellas
gemelas – y un niño) para que se despidieran de Rolando padre; pero el detalle
no se detenía ahí, igual sucedía al regreso del, papá donde todos/as acudían
con una alegría tal en la que se evidenciaba una educación de respeto y
admiración.

Terminado ese culto (no a la personalidad) ya
la mesa estaba casi lista – todos/as colaboraban en trasladar los alimentos de
la cocina al comedor, papá Rolando en un extremo, su esposa a un costado y el
resto de la multitudinaria familia de hijos (6) listos a deglutir los
alimentos, a la espera de que papá comenzara. Allí, se abordaban aspectos
vinculados a que tal el colegio de los más pequeños, de mamá Isabel que era
docente y a él también le preguntaban sobre su trabajo (era controlador de
vuelos en el aeropuerto, cuyas historias eran de soñar con aviones de verdad,
lejos de los nuestros con que jugábamos)

Pero, ¿qué sucedía en mi casa, en mi familia a
la hora de que mi padre se fuese o llegase del trabajo? El escenario era otro,
somos 4 hermanos – una niña hermosa, pelirroja, pecosa –  y 3 varones yo el mayor), mi madre también
trabajadora, pero… ambos  trabajaban en
horarios diría complejo (mi padre de 10 am – 1 pm en un restaurante, excelente
barman; mi madre más allá del trabajo de madre, de atención al hogar, en una
industria de elaboración de productos farmacéuticos dentro de un horario diría
más regular) lo que no permitía ni despedirlos cuando iban a sus trabajos
respectivos, pero si a la cena, no estando papá, todos los hijos nos sentábamos
a cenar a la vez, llevando la “batuta” (corto y fino palillo del cual se sirve
la mayoría de los directores de orquesta para dirigir una obra), es decir la
que llevaba los “pantalones” de la casa.

El comedor no era tan amplio, unos comíamos
con el plato en las manos, pero si era un espacio agradable para el intercambio
de preguntas y respuestas y al final, entre los hermanos retirábamos los
trastes (platos, cubiertos, vasos, etc.), botar en la basura los desechos (que
no creo que eran muchos) y lavar los mismos; después correspondía sentarnos a
ver la tele – en ocasiones con los pies recogidos – porque no cabíamos en la
sala (recuerdo que una “silla” era el escalón para entrar a la cocina.

¿Qué había en común en toda esta extensa
anécdota? La formación de valores desde pequeños, atención a los padres, colaboración,
respeto, disciplina, EDUCACIÓN, proveniente del seno familiar. Hecho que se
pierde – posiblemente, hoy en día – cuando se le otorga a la escuela, la
“responsabilidad” de educar a los hijos. (CRASO ERROR); que decir de la
ausencia de conversación a la hora de la cena, cuando cada cual está pendiente
a un dispositivo (celular) cuya pantalla se ilumine, para ver ¡que es o quien
es! Es más es posible que alguno de los comensales esté ingiriendo alimentos
con audífonos puestos.

Les propongo algo – sí, a la familia – ¿sería posible a partir de hoy establecer una norma, donde queda totalmente prohibido el uso de celulares, al menos a la hora de la cena? Oigan bien: PROHIBIDO.

TEXTO PARA COLUMNISTA

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La entrada Ah. ¡La Familia! se publicó primero en El Siglo Guatemala.

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