Horror al error en el terror

Comparte

Por: Alejandro Maldonado Aguirre

Como decir ayer, sucedió que la ciudad de Nueva York se sobresaltó de pánico al regarse por la radio un reporte en vivo de una invasión de monstruos extraterrestres, que habían llegado en un disco volador procedente de un planeta desconocido. Estos alienígenas de una figura espectral, formados por una cabezota horrible de la que pendían brazos y patas como vejucos caídos, que caminaban encima de los autos Ford aparcados en las calles, disparaban rayos de fuego con los que eliminaban a cuanto ser humano encontraran en su camino. El reportaje radiofónico describía con espanto el ataque que en ese momento estaba sucediendo, acompañando la narración con ruidos y efectos de sonido que horrorizaba a la creciente red de radioescuchas en rascacielos de oficinas y apartamentos. Relataba el locutor que unidades de policía, portando armas largas, salían al encuentro de los invasores sin poderlos detener, cayendo fulminados por los rayos mortales. Añadía que muchísimos neoyorquinos corrían buscando albergue en comercios y estaciones subterráneas.

‘Orson Wells’, creador de esta travesura radiofónica, dirigida y actuada por él mismo con un equipo de asistentes de sonido, hace la bicoca de más de ochenta años, ni siquiera se disculpó por su infamia y por los daños materiales causados. Ellos no hicieron más que activar dramáticamente el, para entonces, famosísimo libro ‘La guerra de los mundos’ de Herbert George Wells, publicado en Inglaterra, su país, en 1898, esto es hace un siglo y un cuarto del tiempo.

Este libro, uno de los tantos escritos por ‘H. G. Wells’, habíase transformado en un tema de dibujantes y autores de folletinescos cuadernos ilustrados con gráficos de diferentes perfiles, también fue llevado a la cinematrografía en abigarradas versiones. El terror extraplanetario ha sido uno de los favoritos del público. Así cubre  ese arte toda una curva imaginativa, desde la ternura del ‘E.T.’ hasta la perversa maldad de ‘Darth Vader’.

En la narrativa del autor de ‘La guerra de los mundos’, partieron del planeta Marte varios proyectiles dirigidos a la Tierra, tripulados por unos monstruos que disparan rayos de fuego y arrojan gases asfixiantes que eliminan a los humanos de manera fulminante. Los habitantes de Londres, que es la zona afectada por la invasión, huyen despavoridos. Las fuerzas militares contraatacan con armas convencionales que no logran derribar a los invasores, sucumbiendo a la destrucción. Todo parece terminado para la humanidad, vencida por armas superiores frente a feroces conquistadores que, por no tener órganos digestivos, se alimentan con la sangre y los desechos humanos. Entonces empiezan a sucumbir los invasores por virus y microbios para los que no tenían defensa alguna.

El virus es un arma mortal, mucho peor que la guerra. Véase esta referencia en ‘Pedro Antonio de Alarcón’ (1833-1891) en su libro ‘Diario de un testigo de la guerra de Africa’ que describe los horrores que la política de las armas puede causar. En su caso, la derrota española cuando decide retirarse de un conflicto colonial. Según nos relata, en un poco más de un año que duró la acción armada, hubo 1,122 muertos en la batalla o por efectos de las heridas. Por el ‘cólera morbus’ a que estuvieron expuestas esas tropas, se contabilizaron 2,888 muertos.

Otro caso de terror lo ilustra el genio de ‘Albert Camus’ en su novela ‘La peste’, publicada en 1947, crispándonos con la angustia, el miedo y la inanidad de los habitantes de un territorio africano que detentaban colonizadores franceses. La advertencia la tuvieron cuando fueron apareciendo miles de ratas muertas en las calles del poblado fulminadas por la peste bubónica, que luego se extendería a los humanos. Estos quedaron encerrados a una cuarentena, que es solo un indicador temporal para que la pandemia ceda. Camús nos concede el mensaje alentador, pues aunque no fija plazo de la clausura, al menos se mantiene la esperanza de los humanos de salir de ese infierno.

Esto de los virus mortales es cosa antigua, y así lo reporta ‘Georges Dubi’ respecto de la vieja Roma: ‘“Pero las epidemias, tan corrientes después de 1348, amenazan en primer lugar a los niños, cuyo pequeño mundo se enrarece”’. Lo confirma más adelante: ‘“Morir joven y en medio del sufrimiento es de todos los tiempos, pero las epidemias que se desencadenan sobre Europa (…) multiplican las muertes precoces y las muertes penosas, muertes tanto más abrumadoras y capaces de exacerbar las sensibilidades cuanto que caen con golpes redoblados sobre los más jóvenes, los más inocentes y caen sobre ellos en sus propias casas, en ese mundo que se querría que fuese precisamente cada vez más retirado, cada vez más protegido, cada vez más consagrado a la intimidad, al aislamiento, a la paz: el mundo privado”’. (‘Historia de la Vida Privada’, T.3. pags 174 y 274)

Asunto para el que deberá estar preparado y, aunque se tenga que pedir peras al olmo, es el que viene en seguida en el orden político. Ocurrió en París con la epidemia del ‘cólera morbus’ de 1832, que causó 18,602 víctimas, en su gran mayoría en los hacinamientos de la pobreza. Así lo advierte ‘Roger-Henri Guerrand: “Se sabe ahora que el escándalo de las condiciones de vivienda populares fue proclamado por los reformadores sociales procedentes de los horizontes más diversos, desde los partidos políticos conservadores hasta los anarquistas “antipropiedad”’. (Historia de la Vida Privada, Tomo 8, pag. 60)

En Guatemala se sabe de los efectos políticos de cualquier desastre, bien sea para meritar: ‘“Guatemala está herida, pero no de muerte”’ dijo Kjell Laguerud, quien con su mensaje levantó el ánimo de todos para reconstruir. En otro extremo, el principio del fin de Estrada Cabrera por su ineptitud ante el terremoto de 1917. Peor recuerdo aún, la maldad levantada contra el sabio don Mariano Gálvez, prócer de la Independencia, a quien sus adversarios le cargaron el falso de envenenar las aguas por la peste de viruela que se desató en  tiempos que presidió el Estado centroamericano de Guatemala.


Comparte

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *