La pandemia y los cambios de base

Por: Roberto Blum

La peste negra del siglo XV que despobló el continente euroasiático probablemente contribuyó al fin del feudalismo y el inicio de un nuevo sistema político, social y económico. Es concebible que la desaparición súbita de una tercera parte de la población europea se tradujera en nuevas relaciones en todos los ámbitos de la vida.

Para comenzar, se observa que la dotación de tierra disponible por persona aumentó al mismo tiempo que el número de manos aptas para el trabajo disminuyó. Parecería natural que el factor trabajo mejoraría su posición negociadora frente a los terratenientes feudales, nobles o eclesiásticos. De hecho, así sucedió. Los siervos exigieron y lograron, no solo la disminución de sus cargas y obligaciones tradicionales sino también una retribución monetaria además de la seguridad y protección a la que por la tradición tenían derecho. El sistema feudal o “servil”, comenzó de esa manera su colapso.

No solo eso. En 2007, Gregory Clark publicó el libro ‘Adiós a las limosnas’ cuya tesis, sin duda discutible, plantea que mortandad producida por las pandemias y epidemias que han afectado a la humanidad en toda su historia han venido “podando” a hombres y mujeres, mejorando gradualmente nuestra herencia genética. Esta mejora genética ha permitido aumentar nuestra productividad social y así abandonar en los últimos doscientos cincuenta años la trampa malthusiana gracias a los avances tecnológicos y al aprovechamiento de la energía fósil.

La tecnología disponible en el largo periodo medieval, la “eotecnia” en la clasificación de Lewis Mumford, aprovechaba la fuerza animal y humana, la del viento, del agua y del sol. Asimismo, esa tecnología utilizaba materiales naturales como la madera, el cuero, la piedra y algunos pocos metales. Para Mumford, el invento prototípico que inició la gran transformación social y económica del siglo XV fue el reloj mecánico ya que permitió hacer del tiempo un recurso fungible y apropiable. La relativa escasez de siervos después de la pandemia y la mejor calidad de las tierras que cada uno ahora disponía junto al reloj mecánico permitió que estos comenzaran a contabilizar sus tiempos y negociarlos con los señores. Nada sería ya igual. La productividad agrícola creció. La “nueva normalidad” estaba por comenzar.

Hoy estamos viviendo una nueva pandemia. Esperamos que la mortalidad no sea comparable a la de las pandemias anteriores. Los avances médicos y biotecnológicos nos permiten suponerlo, sin embargo, los daños al sistema económico vigente son mayúsculos. En los Estados Unidos se han perdido casi cuarenta millones de empleos en tan solo nueve semanas. El desempleo ya alcanza en ese país a una quinta parte de la población económicamente activa (PEA) y se calcula que alrededor del 45 por ciento de esos empleos ya perdidos se habrán perdido para siempre frente a la creciente robotización y el acelerado desarrollo de la inteligencia artificial.

El trabajo a distancia que se ha impuesto durante esta pandemia hace probable que los espacios físicos de trabajo de oficina se reduzcan drásticamente lo que llevaría a una transformación de las ciudades. Los “centros urbanos” regresarían a ser espacios habitacionales habilitados con pequeños establecimientos comerciales y de servicios personales al tiempo que los llamados “suburbios” dejarían de ser “espacios dormitorios” para convertirse en pequeñas ciudades satélites integradas. El transporte de las nuevas urbes abandonaría para siempre el automóvil, la “novia mecánica” de la cultura estadounidense del siglo XX según Marshall McLuhan.

Las consecuencias del terror social provocado por el COVID-19 probablemente nos llevará a una relación más amable con el medio ambiente y sin duda a una mayor intervención del Estado. “El mundo va a cambiar de base”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *