Más incómodos

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Por: Estuardo Porras Zadik

Debemos estar claros que la política migratoria del partido Demócrata no necesariamente es más benevolente que la del Republicano. Indiscutiblemente, en la forma, la administración del presidente Donald Trump dejó por un lado la diplomacia y escarbó debajo de la superficie de un buen número de norteamericanos, para quienes expresar su descontento con la inmigración ilegal no era políticamente correcto. Trump dio permiso, no solo de hacerlo sino de hacerlo con un discurso violento, un tanto racista y muchas veces generalizando y encasillando a los migrantes como criminales, mareros, violadores y traficantes de drogas. Al parecer, para un buen número de norteamericanos la construcción del muro tiene sentido; y desde que Trump lo convirtió en promesa de campaña, hemos sido testigos del incremento de la retórica nacionalista antiinmigrante que despierta la intolerancia de muchos en un país en el que millones de centroamericanos viven ilegalmente.

El reciente revés a la política de inmigración Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, en inglés) de la mano de una Corte notoriamente conservadora, sin duda es bien vista por una buena parte de la población norteamericana, pero suma al descontento y efervescencia de aquellos que se adhieren al canto build the Wall del presidente Trump. Lo que queda claro es que –dejando por un lado los intereses electorales de ambos partidos–, las políticas migratorias de los dos han sido rígidas por considerar este flujo ilegal de personas un tema de seguridad nacional.  No importa qué partido llegue a la Casa Blanca en noviembre; cada día será más difícil para los centroamericanos migrar ilegalmente a ese país. Sin embargo, independientemente del grado de dificultad, mientras las personas sigan viéndose en la necesidad de huir de sus países de origen, la migración ilegal continuará.

Siempre hemos sido incómodos para Estados Unidos, pero los tiempos que nos esperan pospandemia serán peores. Millones de personas en ese país están hoy desempleadas. Las oportunidades para inmigrantes ilegales se reducen. Por lo visto, la reapertura de la economía que suponía ser el inicio del regreso a la nueva normalidad promete ser más lenta de lo previsto, dado el repunte de contagios en muchos estados. Esta situación será igual para la mayoría de los países, el nuestro incluido. Sin embargo, la desaceleración económica de Estados Unidos nos afecta directamente, pues pone en riesgo el envío de remesas que por años han sido fundamentales para el país. Lo que nos espera es difícil y al parecer será una condición prolongada. Si ya de por sí para un buen número de familias vivir en Guatemala había dejado de ser una opción, los efectos de la pandemia agudizarán esta irrefutable realidad. Por complicado que se convierta viajar al norte de manera ilegal, quedarse en Guatemala para muchos es peor. La migración ilegal crecerá.

El Departamento de Estado debe retomar la política de atender las causas que hacen que las personas huyan de sus países de origen. El muro, al igual que cualquier intento por frenar la migración ilegal, será insuficiente ante la avalancha de personas que continuarán viendo el norte como la única opción de supervivencia. La posición geográfica y el involucramiento histórico de Estados Unidos con los países centroamericanos, les hace imposible desatenderse de este que supone ser un problema de seguridad para ellos.

El único camino viable es ayudar a que las condiciones en Centroamérica mejoren, creando las bases que permitan que menos personas necesiten migrar. En términos sencillos: la mano no tan invisible del Imperio eventualmente limpiará la casa por nosotros. En los próximos días, seremos testigos de hasta dónde los responsables de nuestra condición actual están dispuestos a llegar. Todo apunta a que van con todo, por lo que, aunque obtengan victorias a corto plazo, en el mediano y largo los terminará sepultando. Mientras seamos incómodos para el norte aún hay esperanza; y hoy, somos aún más incómodos.


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