El único contagiado del pueblo

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Por: Méndez Vides

En un pueblo costero resultó positivo de COVID-19 un jornalero chispudo y dinámico, quien al sentirse mal, fatigado, con tos y molestias al respirar, acudió ante el jefe de más confianza para confesarse. Seguro no será nada, lo tranquilizó, pero igual vámonos al hospital más cercano a hacer una prueba. En el camino se fueron burlando de quienes se creían infectados porque les dolía una rodilla o por el mal de estómago. Fueron sin protocolos porque el jefe no tenía miedo, joven inmortal con aguante para la bebida y buceador frecuente en aguas profundas. Si el afectado hubiera llegado por su cuenta no lo hubieran recibido nunca, pero gracias a la buena compañía pasó de inmediato y le hicieron el hisopado, y pocas horas más tarde se le comunicó que era positivo. El muchacho celebró, hasta que comprendió que en la pandemia ser negativo es bueno y positivo malo.

Fue admitido en el hospital y arrancó la serie de pruebas mayores, solo así se enteró el joven fiestero y trasnochador que padecía de otras enfermedades íntimas, producto de la vida mundana y obscena. Fue internado de inmediato, y avisó de la vergüenza a la familia, pidiendo discreción, porque como tenían tienda en casa no quería arruinarles la clientela.

Analizaron el caso con pragmatismo, y ni dos días duró internado en el hospital, porque se aparecieron con autorizaciones médicas dudosas para trasladarlo a un centro asistencial en la capital, y regresaron al pueblo de noche, entraron por la puerta de la tienda, por donde pasan los compradores de productos al menudeo o aceites trasegados en botellas, medias, cuartos y octavos. Fue dejado en una habitación ventilada y le pidieron que se muriera calladito la boca o se recuperara sin quejarse, porque le tenían más miedo a los demás que al bichito.

Mientras el miedo mande, la enfermedad se seguirá extendiendo, porque somos un pueblo adiestrado para aguantar y resistir aceptando los designios mágicos. Temerosos de las llamas, y totalmente ajenos a los políticos que se pelean solitos en su propia dimensión, distantes de la unidad que podría salvarnos, dedicados a sus propios intereses y muy tranquilos en su condición de casos negativos.


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