Se perdieron las distancias

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Por: Estuardo Porras Zadik

Lejos quedaron los tiempos en los que los hombres que frecuentaban los prostíbulos eran delatados ante sus esposas por el peculiar aroma de las damas de compañía. Ahora las prostitutas usan el mismo perfume que el de la madre de sus hijos; así coexisten prácticas ancestrales con una supuesta ética, moral, religión y la tan sagrada familia. Esta dinámica se ha convertido en la base de nuestra sociedad, una sociedad en la que los pesos y contrapesos han dejado de existir o simplemente se ha optado por el silencio.

Pablo Escobar Gavidia, el afamado narcotraficante del cártel de Medellín, cavó su propia tumba al incursionar en la política y llegar al Congreso de la República de Colombia. De hecho, fueron las élites económicas de ese país las que se vieron en la necesidad de marcar distancia del crimen organizado y de la mano de Estados Unidos, retomaron el control del país cuando este ya estaba en manos del narcotráfico. Aunque algunos comulgaron con el lado oscuro, el aroma que les delataba los convertía en estigma de una sociedad en la que existían límites que no cualquiera podía cruzar. Estos límites sirvieron de contrapeso y permitieron el rescate de un país en fase terminal. La corrupción es tan añeja como la prostitución y ambas se llevan a cabo en la oscuridad, en el anonimato, en la hipocresía. En fin, a las espaldas de las sociedades que permiten su existencia no sin antes condenarlas. Hoy, al igual que el perfume que tanto esposa y amante comparten, la impunidad democratiza la corrupción y le permite coexistir sin pudor alguno en todos los rincones de nuestras estructuras sociales. El corrupto ya no se esconde y lo que es más alarmante, ya no lo esconden quienes antes guardaban la distancia.

Guatemala está al borde de perder el control del sistema de Justicia, ya que por primera vez en la historia dejaron de existir los pesos y contrapesos necesarios para lograr la independencia que este órgano del Estado requiere; condición sin la cual su existencia es irracional. En la elección de Cortes siempre ha existido la interferencia de quienes poseen el poder. En este importante proceso hemos visto desfilar celestinos de toda estirpe y pedigrí, corrompiendo el sistema para que el péndulo de la justicia esté a favor de sus patrocinadores. Sin embargo, los mecanismos que lubricaban el sistema eran “rumores”, medias verdades, incluso leyendas urbanas. De hecho, sectores que por años se adueñaron de jueces y magistrados, lo hicieron en el anonimato y sin el reflector que acarrearon en tiempos recientes otros considerados “emergentes”.  Sin duda alguna, las motivaciones de todos estos, independientemente de su origen, era el poder y el dinero. A quienes dinero no les hacía falta, el control de la justicia les garantizaba el poder; quienes no tenían nada que perder, sería a través de esta cooptación que encontrarían el camino del dinero rápido y el poder desmedido. Aunque con el mismo objetivo, cada cual mantenía la distancia e iba por su propio lado; la brecha entre sectores era evidente. Esta brecha hacía posible que en la lucha de poderes existieran la crítica, la censura y en muchos casos las ideologías. Estas servían de balance, por lo que secuestrar por completo la justicia era imposible.

Los resultados de la lucha en contra de la corrupción y la impunidad dejaron en evidencia el hilo conductor entre los sectores influyentes y los funcionarios de los tres poderes del Estado. La corrupción es endémica y hoy, todos trabajan por el mismo objetivo: librarse de la justicia. Para lograrlo necesitan trabajar en sintonía y luchar por cooptar las posiciones que les confieren poder de cualquier forma.

Seamos conscientes de que por salvar el pellejo y por evitar enfrentar las consecuencias de sus actos, están condenando a las futuras generaciones. Porque aunque las dos mujeres huelan igual y coexistan abiertamente, una es la madre de sus hijos y la otra, una prostituta. Eventualmente, alguien pagará la factura de esta promiscuidad.


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