Un hombre ejemplar

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Por: Luis Figueroa

Cuando yo era niño ca. 1967, Catalina nos llevaba a mis hermanos y a mí a caminar por la Avenida Independencia; y poco antes de llegar a la Calle Martí compraba bolitas de miel, de a cuatro por un centavo y volvíamos a casa. Catalina era la nana de mi hermano, Gustavo.

Algunas veces, poco antes de llegar al monumento del poeta y prócer, yo veía lo que me parecían “mundos de gente” haciendo colas para abordar buses. Y una vez le pregunté a Catalina que a dónde iba esa gente y me contestó que al Irtra; y cuando le pregunté que qué era el Irtra, me dijo que unas piscinas en Amatitlán. Como había tanta gente pensé que el lugar debería ser bueno para ir y cuando volví a casa le sugerí a mi papá que nos llevara a aquellas piscinas…y nunca nos llevó. Para el récord, tampoco me llevó a la lucha libre, ni a la Penitenciaría Central. Sin embargo, a él no había que decirle dos veces que nos llevara al mar; pero ya me estoy desviando y eso es otra historia.

De aquello me acordé cuando leí que Ricardo Castillo S. cumplió 50 años de estar al frente de aquella organización; y si ahora mismo tuviera puesto un sombrero, me lo quitaría para ofrecerle mis respetos por lo que ha hecho en ella.

No conocí el Irtra Petapa hasta principios de los 90, visité Xetulul a principios del siglo XXI -para su inauguración- y Xocomil poco después. Uno no puede sino maravillarse cuando visita esos lugares. La existencia de los parques y centros recreacionales del Irtra prueban (no porque haga falta, sino porque siempre hay que recordarlo) que la excelencia es posible. Confirman que el propósito, como virtud, y el liderazgo y la honradez pueden encarnarse en personas que son ‘“larger than life”’.

Es cierto que el Irtra nació con un “pecado original”; pero su existencia confirma (otra vez porque siempre hay que recordarlo) la invalidez del determinismo. Ricardo Castillo S. y el equipo que inspira, han hecho de sueños realidades, para miles, miles y miles de guatemaltecos –en la tierra de los cangrejos–. Ese éxito, ¡por supuesto! no debe pasar inadvertido y no debe quedar sin una ovación de pie.

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