Irracional cortocircuito en la Presidencia

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Por: Édgar Gutiérrez

Cuando los nueve magistrados de la Corte Suprema decidieron el pasado viernes 31 tirar al vicepresidente Guillermo Castillo al foso del ‘Pacto de Corruptos’, insospechadamente crearon un referente de Estado. La Historia está colmada de historias noveladas sobre el príncipe malvado y poderoso, y el príncipe bueno y desterrado, pero popular. Por eso en su reivindicación está la del pueblo. Ese imaginario es el que milagrosamente instaló el ‘Pacto de Corruptos’ con su arremetida contra el Vicepresidente. Paradoja de la política.

Se “oficializó” la fractura política en el mando del poder Ejecutivo. ¿A dónde conduce? El desaforo del Vicepresidente es improbable. No hay delito qué perseguir. Solo los nueve magistrados de la CSJ podían prestar la institución de la justicia –otra vez- para tremenda monstruosidad. La CC amparó al Vicepresidente. Pero ni en el escenario de un Congreso dominado por la alianza oficialista, el propio oficialismo alcanzaría los 107 votos para purgar –ironía de la política- a uno de los “suyos”.

De ahora en adelante será mucho más incómoda la convivencia de las dos cabezas del Ejecutivo. Este cuadro no tiene precedentes en el periodo democrático. El candidato presidencial elige a su compañero de fórmula, aunque siempre hay condicionamientos del partido o de grupos de interés. Giammattei es de los pocos que pudo seleccionar con tanta libertad a su Vicepresidente. Y, sin embargo, provocó un cortocircuito político inédito e irracional, que hará más ineficaz su gestión.

El diseño constitucional concibe al Presidente y Vicepresidente de la República como una sola institucionalidad (“la Presidencia”), en la que no solo juegan roles de suplencia y representación delegada, sino trabajo simultáneo coordinado. El Vicepresidente coordina dos gabinetes sectoriales, económico y social, y varios consejos interinstitucionales. En el caso de los gabinetes, puede ocurrir que, de ahora en adelante, los Ministros y Secretarios envíen a sus segundos a las reuniones, como prueba de lealtad hacia el Presidente, quien los nombró y de quien dependen. O que, si el presidente Giammattei aparenta que nada ocurre (porque “Willy, estoy con vos”), sus funcionarios seguirán el guión.

No obstante, una administración central de gobierno, nada eficiente en el manejo de los recursos y muy poco eficaz en la ejecución de programas, auto-erosiona sus pocos mecanismos de coordinación para construir coherencia de políticas públicas. Y es otra mala noticia, especialmente en el periodo de crisis por la pandemia, cuando la administración pública y las políticas públicas deben experimentar profundas transformaciones.

Giammattei eligió bien a su Vicepresidente. Castillo posee experiencia en gerencia pública, don para dialogar y edificar acuerdos políticos, y dar seguimiento para concluir las tareas. Giammattei puede tener otros talentos; tampoco entre su gente cercana se identifica alguien que reúna esas cualidades. Pero lo más obvio es que nadie está autorizado por ley para ejercer de copiloto, ni tiene la credibilidad nacional que ahora ganó el vicepresidente Castillo por contraste: si el ‘Pacto de Corruptos’ lo tiene en la mirilla es porque lo considera amenaza a sus intereses. Por eso el 70 por ciento del pueblo estará con él.

A diferencia de otras Constituciones, la de 1985 otorga poderes al Vicepresidente. El conjunto de secretarías y consejos que dirige configuran otra institucionalidad, “la Vicepresidencia”, que trabaja temas sensibles (extinción de dominio, trata de personas, migrantes, seguridad alimentaria, entre otros). Ahora, sin la colaboración (o, mejor dicho, con la obstrucción) de entidades como Finanzas, Cancillería y Segeplan, su potencialidad disminuye.

Castillo es un técnico (no un rudo) de la política. Ahora tendrá que ser un Houdini.


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