Michel de Montaigne ilumina

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Por: Fernando González Davison

Michel de Montaigne en sus introspectivos Ensayos tuvo dos pasiones: la verdad y la libertad. Introspectivos porque los mismos son un diálogo consigo mismo sobre distintos temas que le preocupaban en el siglo XVI y lo hizo con una lucidez sin precedentes: “Cada hombre lleva consigo la parte entera de la condición humana”. Al verse así mismo, pinta su naturaleza humana, con su sesgo de clase.

Al viajar, pudo ver que las costumbres humanas son relativas y propias a cada pueblo, por ello diferentes, y que varían con el tiempo. Para quitarse los prejuicios recomendaba viajar, conocer lenguas diferentes. Le servían para instruirse y saber vivir.

Instruir, decía, es ayudar a ser juicioso, a formar para que el pupilo lo sea, y sea un humanista, no un ser que memoriza. Que se le eduque en todas las ciencias posibles para formar a un hombre íntegro y honesto, con juicio sano, armado de espíritu crítico que le permita reaccionar a distintas circunstancias. Y que haga el bien.
Uno debe tratar de ser uno mismo, con modestia, con la cabeza bien puesta, y estar seguro de sí mismo. Hay que escuchar a los alumnos primero y luego hablar. Para él los resueltos son tontos pues no recapacitan. La duda es recomendable.

Ejercitar el cuerpo y endurecerlo y aplicar el estoicismo como una necesidad para vivir con armonía. La educación debe servir para expandir la personalidad. La naturaleza está antes de la razón, es decir, el encanto de la poesía de la vida, siempre joven.

Para escribir mejor se deben cuidar las palabras, pues para él tienen un color y un gusto… y huir de la afectación y del artificio. El autor debe ser su más severo crítico. “A veces uno sueña formas que en la práctica de escribir no las puede lograr y es cuando se pide ayuda a las Musas… Escribir de la manera más natural. El aura poética ligera… con un poco de locura… con frases ligeras que salgan como el chorro de la fuente de agua… como el lenguaje original de los dioses”. Es la forma de escribir Ernest Hemingway.

Filosofía para él es aprender a morir y eso es lo que descubrió Vicente Huidobro en Altazor al abrirse su paracaídas como su mente. Ver la muerte a la cara uno aprende a pensar con calma. “Esperémosla por todos lados”, dice Montaigne. Vivir, pero pensando que la parca puede aparecer en cualquier momento, sin ninguna obsesión.

“Nuestros sentidos son nuestros jueces”. Nos recomienda ser un tanto escépticos en ocasiones. Ni fiarnos por entero de la razón ni de las costumbres, y preferir los sentidos que las sensaciones son anteriores a la razón. Las costumbres varían de una cultura a otra. Los caníbales creen en sus costumbres y formas de razonar, decía, y critican a los que tienen otras costumbres como a la inversa.

Cree que nuestra razón es incapaz de conocer a Dios. Y aconseja vivir con moderación y amar la vida plena sin amargura a pesar que padeció de las guerras religiosas y epidemias. “El hombre solo es un simple hombre, nunca nos tomemos tan exageradamente en serio para evitar el fanatismo”. “La mayor parte de nuestras ocupaciones son pura comedia. Todos somos histriónicos en una manera u otra”, nos dice y él se proyecta. Mejor tomemos la naturaleza por guía. La vida se torna árida, inquieta, si solo espera el futuro, según dijo Séneca. Hay que degustar la vida, pero con modestia, simple pero plena. Y recordar que el hombre no es un ángel ni bestia, es un simple hombre.


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