El cuidado como política

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Por: Anamaría Cofiño Kepfer / La Cuerda

El cuidado puede entenderse según desde dónde se interprete y de acuerdo con las particularidades de las distintas sociedades humanas que lo utilicen. Aquí lo definimos como el conjunto de tareas, recursos materiales y simbólicos, tangibles e intangibles, que se requieren para la reproducción y disfrute de la vida en condiciones de dignidad. Se trata del tiempo y el empeño, el afecto y la atención, los conocimientos y la enseñanza, los alimentos, el entorno, y recursos necesarios para que una criatura desarrolle sus potencias. En el caso de seres humanos, el cuidado es fundamental para su crecimiento, no sólo físico, sino emocional, social. Para llegar a ser personas que aporten al bien común, y que puedan envejecer con seguridad, son necesarios múltiples cuidados, desde el nacimiento hasta la muerte.

Entre algunos movimientos sociales se habla de cuidar los territorios -cuerpo, tierra, memoria- para preservarlos de la destrucción que los amenaza. Desde perspectivas holísticas, el cuidado, la protección, van de la mano de la solidaridad, del sentido de comunalidad, del respeto mutuo. Este enfoque está en las antípodas de lo que propone la cultura neoliberal que habla en términos de imposición de un orden autoritario, vigilancia y control; competencia, ganancias y exclusión.

Activistas y académicas feministas han sido en parte responsables de que el cuidado sea un término de uso común entre quienes se preocupan y trabajan por el bienestar colectivo. Existe una economía del cuidado que ha visibilizado los aportes de los trabajos de cuidados que normalmente desempeñan las mujeres por asignación de género, y que por lo mismo, son ignorados y despreciados por la macroeconomía y la cultura patriarcal. En Guatemala existen organizaciones feministas como la Alianza Política Sector de Mujeres, que promueven la discusión de problemáticas que se vertebran en torno al cuidado y a la economía, en función de las mujeres y las comunidades. A la vez, están en construcción diversos proyectos de autonomía económica, de agroecología, iniciativas de cuidados recíprocos, tentativas anticapitalistas en busca de sobrevivencia.

Si el cuidado de las personas y de nuestro entorno natural se pusieran en el centro de las políticas públicas en función social: se priorizara la atención de calidad a las personas más desprotegidas y se privilegiara en los presupuestos la educación, la salud como servicios que el Estado debe brindar de manera eficiente y gratuita; si se detuviera la explotación y el despojo de ríos, bosques y tierras de los pueblos, veríamos transformaciones tan grandes que no las creeríamos. Crecería el círculo virtuoso del bien común. Guatemala florecería.

Todo lo contrario de lo que hace este gobierno corrupto, cuyo presidente se desentiende de sus obligaciones y responsabilidades de jefe de Estado, y deja en manos del crimen organizado a un pueblo y a un país que merecen más primaveras.


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