Roberto Barreda de León murió impune

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Por: Irmalicia Velásquez Nimatuj

Roberto Barreda, quien estaba en prisión por la desaparición de su esposa Cristina Siekavizza, murió el pasado jueves por coronavirus. Contrario a la falta de piedad que él no tuvo con la madre de sus hijos, ni con los padres de ella, el sistema guatemalteco le respetó sus derechos humanos al trasladarlo al hospital para recibir atención médica.

El caso de Cristina no fue el primero que ejemplificó los extremos de la violencia doméstica ni el delito de feminicidio, pero sí, el que más acaparó espacios en la prensa nacional e internacional, porque mostró las torturas emocionales, físicas y económicas que enfrentan las mujeres de clase media alta en Guatemala. Pero, sobre todo, el caso ha evidenciado la podredumbre del sistema de justicia guatemalteco, pervertido por las y los propios funcionarios que llegan a dirigir la Corte Suprema de Justicia (CSJ) y el Organismo Judicial (OJ) quienes terminan traicionando los principios universales que deben defender.

El caso de Barreda no fue el de un abusador más. Él fue un violador que en medio de la violencia machista que se ejerce y en el que viven cotidianamente más de la mitad de las mujeres en el país, era, además, el hijo de la primera mujer que fue electa en 2005 para dirigir la CSJ.

De allí devenían sus privilegios, por eso, el proceso, en nueve años, avanzó poco. El caso Barreda evidencia que cuando el sistema de justicia se construye en el clientelismo y servilismo, como lo hizo su madre la exmagistrada Beatriz Ofelia de León, la justicia se evapora y se convierte en un títere en manos de quien siendo presidenta de la CSJ se dedicó a asignar cargos, impulsar promociones, carrera y emitir fallos parciales, por eso, tuvo el poder de volver y coaccionar a quienes apoyó para exigirles que evitaran a través del propio sistema de justicia el avance del proceso en contra de su hijo o de ella.

La impunidad fue inquebrantable a pesar de la lucha estoica de los padres de Cristina por penetrar al sistema, para que les diera el derecho de cerrar un ciclo de duelo, pero no pudieron.   Sí con los recursos humanos, técnicos y económicos que ellos pusieron al servicio de su hija no lo lograron, ¿qué podrán esperar las niñas o las mujeres de escasos recursos, quienes viven en un infierno patriarcal?

El caso Siekavizza es paradigmático y así lo registrará la historia del país y del derecho, porque muestra cómo el patriarcado es reproducido por mujeres que, aunque hayan sido formadas para impartir justicia, sus raíces son tan profundas que las mismas magistradas terminan con sus actos, reforzando esa opresión, mostrando simultáneamente, que es un reflejo de su interior, igual de destruido y corrupto.


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