La inaceptable indiferencia frente a la necrocorrupción

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Por: Jorge Mario Rodríguez

Un rasgo paradójico de la situación actual es tanto el cansancio generalizado con la corrupción extrema como la incapacidad ciudadana de actuar de acuerdo con esa convicción. A esta altura de la pandemia, ya muchas familias guatemaltecas han sido afectadas directamente por el manejo corrupto de la crisis por parte del (des)gobierno de Alejandro Giammattei. La ciudadanía ya debería haberse movilizado masivamente contra un régimen basado en el pillaje insolente y descarado de los pocos fondos para aliviar la pandemia.

Desde luego, la corrupción siempre ha existido, como pasa con las enfermedades. Sin embargo, en ciertos momentos alcanza un nivel catastrófico. Todos sabemos de los emperadores romanos y el despliegue sangriento de la corrupción que trae el poder absoluto.

En la actualidad, se vive una época similar de desborde del poder. Las razones van desde la desigualdad hasta la alienación propia del neoliberalismo, siempre deteniéndose en las patologías de cada sociedad en particular. La pregunta es: ¿Cómo pueden existir seres tan despreciables y, ante todo, acceder a posiciones de poder? ¿Cómo pueden ser tan cínicos incluso de apelar a valores espirituales para ocultar almas que no se conmueven ante la muerte innecesaria y evitable de tantas personas?

La respuesta se encuentra más cerca de lo que pensamos. No es ingenuo decir que los valores han perdido su capacidad de guiar la voluntad humana —esto solo lo dicen los que no se detienen a reflexionar. Y en el contexto actual, los valores se ven desplazados por el dinero, del cual decía Ortega y Gasset, que es poder que al reconocerlo da asco.

Max Weber daba una pauta para responder nuestra pregunta cuando señalaba las influencias de la ética protestante en el desarrollo del capitalismo. Creía que tal ética había cumplido dicho papel porque, ante la doctrina de la predestinación, se trataba de adivinar la propia salvación a través de la prosperidad económica —la cual movía al ahorro del capital.

El malogrado Walter Benjamin, quien se suicidó a causa de la persecución nazi, consideró, sin embargo, que el capitalismo también podía convertirse en una religión. Esta idea, que no se puede explicar aquí, hace la internalización del evangelio del capital. ¿Podrá extrañar entonces que haya un evangelio de la prosperidad e incluso un evangelismo fascista?

Ante tales distorsiones, no puede extrañar esa asquerosa mezcla de “espiritualidad” y corrupción que distingue a los depravados gestores del poder en este país tan lleno de sufrimiento gratuito. Esto ya da una pauta para pensar en el nivel de corrupción de esos beatíficos demonios que no se turban ante la muerte de ningún ser humano, como acontece con los insolentes miembros de este gobierno, que llaman hasta ayunos para contrarrestar los efectos de su deliberada maldad.

El problema, sin embargo, es que la sociedad ha internalizado una idea también capitalista del alma. En medio del naufragio, nos vemos como emprendedores y asumimos como fracasos personales las injusticias de la necrocorrupción —la cual no es solo gubernamental, sino ante todo privada. En ese proceso de distorsión de nuestra personalidad, perdemos las capacidades comunitarias necesarias para la lucha por defender la vida.

La conclusión es que debemos reconocer que no somos empresarios de nosotros mismos. Somos animales políticos que deben entender su mundo para sobrevivir. En el caso nacional, es una obligación política que no descansemos hasta acabar con este orden irracional. Se debe buscar esa justicia integral, que ahora no puede sino ser global y orientada hacia esa Naturaleza de la cual somos parte. Esa justicia a la que son ciegos aquellos sociópatas que se quedan embobados viendo el Rolex que lucen en su muñeca.


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