Giammattei vs. la prensa independiente

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Por: Édgar Gutiérrez

Cuando en enero de 2014 la vicepresidenta Roxana Baldetti blandió la Ley contra el Femicidio para contener las críticas del periodista Jose Rubén Zamora, empezó el derrumbe de su régimen. Durante el periodo democrático, la única traición no tolerada es a la libertad de prensa. Cada vez que un gobernante la emprende contra los medios, pierde. 

La censura y asfixia financiera de la prensa independiente, y la persecución de periodistas que cuentan verdades incómodas, son señales inequívocas del desgaste del gobierno. Por lo general ocurre en las postrimerías de la gestión, cuando la luna de miel con los electores ha quedado en el olvido, y la impotencia de los gobernantes se traduce en creciente irritación.

El presidente Giammattei ha sufrido un desgaste muy acelerado en apenas ocho meses. En todas las esferas en que puede ser medida la aceptación del mandatario –elites, población metropolitana y a nivel nacional- sale reprobado; cada día con peores notas. Por otro lado, nunca ha tenido buen trato con la prensa. A diez días de haber asumido el cargo la emprendió con nombre y apellido: “Me parece que el señor Marvin del Cid nos la trae.” 

Del Cid es un periodista de investigación acucioso y riguroso, como Pavel Vega y Sonny Figueroa que la semana pasada cayeron en la grosera mirilla del hombre fuerte del gobierno, Miguel Martínez, 31 años, sin experiencia de Estado, a quien Giammattei delegó el control de facto de la administración central y un poco más –en las últimas semanas su brazo se extendió a la Empresa Portuaria Santo Tomás de Castilla.

La mezcla de este precoz desgaste político con las debilidades temperamentales, sanguíneas y coléricas, predominantes en la cúpula del poder, trae malos augurios para las libertades democráticas en el país. El presidente Giammattei está haciendo una muy mala gestión, y la prensa independiente lo ilustra, como debe de ser. Esas son las reglas del juego que lo irritan, y disparan la imprudencia de Miguel Martínez. 

La pandemia del Covid-19 aceleró los tiempos políticos y el gobernante no ha tenido los reflejos para hacer de la crisis, oportunidad. Al revés, exhibe a cuerpo entero las fragilidades del sistema de gobierno, a la vez que trata de montar su propio régimen patrimonialista para reinar. Zanahoria para los obedientes, garrote para los disidentes.

Desde el punto de vista del ejercicio del poder, los márgenes de acción del presidente están bastante constreñidos. La ineficacia del sistema de gobierno conspira con demasiada frecuencia contra su necesidad de garantizarse (corruptamente) la mayoría del Congreso de manera estable; además, se le hace cuesta arriba cumplir con puntualidad los compromisos inconfesables de facturas de campaña, sobre todo en asignaciones de obras públicas. 

Esas tramas malignas, entre otras, son las que la prensa independiente seguirá desvelando, a pesar del acoso judicial, la difamación, la represión brutal y tantos otros recursos pérfidos a los que el régimen seguirá acudiendo. El terreno de la batalla por las libertades democráticas está plantado, por ahora, para empezar, con la prensa independiente. Después podrán venir los movimientos sociales, las bancadas y diputados de oposición y, finalmente, la gente movilizada en las plazas. 

Como el piso del presidente y sus aliados es frágil, no se puede descartar, en la desesperación, la insensatez, equivalente a la de Lucas García (1982) queriendo replicar un modelo de fraude agotado, o de Serrano Elías (1993) lanzándose contra un puñado de diputados que lo extorsionaban. El sistema ahora es más complejo y corrupto. Y la soledad de Giammattei, inmensa.


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