Nuevas Narrativas. Suspendidos los abrazos

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Por: Nicté Serra

Muere otro padre, el padre de alguien querido. A estas alturas, son tantos los fallecidos. En medio de contrariedades materiales o sublimes, la pérdida de seres queridos es hilo conductor de una historia cercana, el lado humano y frágil de la calamidad.

Lo que más duele —dije a mi amiga en una larga conversación telefónica— es no poder acompañarte. Su padre había muerto el día anterior. El COVID ha cobrado la muerte de muchos profesionales de la salud, su padre, uno de ellos. Falleció en un hospital estatal en donde era muy apreciado y respetado. «No le faltó atención, estaba en buenas manos. Pero aún no puedo creerlo, ¿sabés? es todo tan extraño» dijo. 

Somos amigas desde la adolescencia, nos unen el cariño y una afinidad extrema. Paradójicamente, no nos vemos con frecuencia. Ahora que estamos guardados en esta extraña soledad, después de tantas semanas de ver pasar historias tristes sin poder acercarnos, lo siento diferente. ¡Cuánto tiempo dejamos ir! Me enteré muy pronto de su pérdida, la información no vuela, invade. Me sacudió un extraño agobio, no podría verla. No fue la primera persona querida que perdió al padre por causa del COVID, ni sería la última. Ver llegar la muerte semana tras semana, sin posibilidad de procurar consuelo cercano, representa una impotencia extrema que induce a la reflexión.

Más allá del debate político que han suscitado las medidas para combatir la propagación, por encima de la debacle económica, el desgaste emocional colectivo crece como el contagio. Es otra pandemia. No se mide con métodos científicos, pero se ve, a veces en desencuentros sutiles, otras con evidentes manifestaciones de histeria. ¿Cómo se aplana esa curva?

Si observamos con detenimiento, aprendemos acerca de los muchos rostros de la condición humana ante la adversidad. Conmueve, por ejemplo, la solidaridad en una pequeña aldea de la periferia cuando se dieron los primeros contagios. Se organizaron a conciencia para que las medidas sean efectivas. Se aseguraron de que a los afectados no les falte nada. La autoridad es respetada en nombre del bien común. Asombra también la juventud que sin perder tiempo ha puesto manos a la obra para diseñar pequeños emprendimientos. Una joven vende postres para sufragar gastos universitarios. A primera hora entrega pastelitos y los acompaña con notas de agradecimiento. Otros inventan negocios para ayudar a los más necesitados. Estas historias son resquicios de esperanza.

Por otro lado, el egoísmo manifiesto en latitudes más urbanas y acomodadas pone los nervios de punta. Unos se sienten superiores a la ley, otros la rompen con flagrante irresponsabilidad. La violenta rebeldía que la disposición de las placas provocó asusta por ridícula. El sistema educativo afronta el reto de reinventarse de prisa. Los alumnos tienen dificultad para adaptarse a las clases remotas, los padres son los del berrinche. Es pura fragilidad humana reaccionando a la naturaleza. En caos y crisis aflora lo mejor o lo peor, unos pierden la cabeza, otros no pierden tiempo. 

Está en nosotros aprender, hacer un alto a la espiral de ansiedad y pensar en todas las narices, no solo en la propia. Sí, es difícil romper el hábito del ‘yoprimero’ pero si ignoramos que otros la llevan peor, habremos fracasado en la gran lección de este capítulo.

El lejano día uno parece de otra era, crece la impaciencia. Añoramos. El ansia por acercarnos es visceral porque convivir es necesidad humana. Pero ya llegamos hasta aquí, precisa resistir. Volverán los abrazos, los cafés compartidos, las reuniones en donde nacen grandes ideas. Abriremos las puertas a un nuevo principio. Cuando sucedan los reencuentros, cuando estrechemos manos y besemos mejillas se aplanará la curva de este intangible que rompe al espíritu.  

Mientras los abrazos continúen suspendidos, compartamos a distancia el dolor de las pérdidas. «Hoy no puedo estar a tu lado, corazón, pero estoy contigo.» 


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