Era preciso cambiar para que todo siguiera igual

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Por: Phillip Chicola

El 1 de enero de 1820, el teniente coronel español, Rafael de Riego, protagonizó un levantamiento militar contra la monarquía absolutista del Rey Fernando VII, que culminó con la instauración del Trienio Liberal en la península ibérica. España se convirtió en una monarquía constitucional bajo la Constitución de Cádiz, marco normativo que subordinaba el poder del monarca a las Cortes, decretaba el laicismo, la libertad de culto, además de otras medidas anticlericales.
Al mismo tiempo, los Artículos 10 y 11 de la Constitución de Cádiz, reconocían a las colonias americanas como provincias del reino, pero les limitaba cualquier ejercicio de autonomía efectiva.
Entre tanto, en México y Centroamérica, los movimientos y rebeliones independentistas que se habían originado desde 1808, fenecían ante una serie de eventos fortuitos y la contraofensiva de un reconstituido Ejército español. No obstante, el giro hacia el liberalismo en la Madre Patria generaba resquemor entre una elite y un clero eminentemente conservador. Dicho resquemor se manifestó principalmente en la reticencia local a aceptar la restaurada Constitución de Cádiz.
En este contexto, las autoridades peninsulares, la elite criolla, el alto clero y los oficiales del Ejército real –simpatizantes del absolutismo y fervientes antiliberales– organizaron una serie de reuniones secretas para declarar la independencia de México y Centroamérica. Su ideal era restablecer la monarquía bajo la dirección de un infante español, que rechazara el laicismo y las instituciones constitucionales de Cádiz.
Ese espíritu fue el que dio origen al Plan de Iguala, proclamado por Agustín Iturbide, comandante del Ejército español en México. Sus tres principios materializaban el sentir de la época: 1) unidad entre peninsulares y criollos; 2) independencia y 3) adscripción a la religión católica.
La venida a Guatemala de Vicente Filísola, delegado de Iturbide, aceleró el sentir de la elite de proclamar la independencia de las Provincias de Centroamérica, la cual se suscribió en papel sellado de la corona. Los notables que participaron de la junta nombraron como primer Jefe de las Provincias Unidas a Gabino Gaínza, quien hasta el 14 de septiembre ejercía el cargo de Capitán General y Comandante del Ejército español en Centroamérica.
La independencia, y posterior anexión a México, habrían de confirmarse en un Congreso Constituyente convocado para el 1 de marzo de 1822. No obstante, el Plan de Iguala fracasó. La invitación a un infante español para asumir la corona de un independiente Reino de México fue rechazada por la familia Borbón. Ante el vacío, Iturbide fue proclamado Emperador.
La independencia de Guatemala no representa un sueño de libertad, ni la materialización de las ideas de la Ilustración, como sí ocurrió en América del Sur. Por el contrario, la emancipación fue una reacción conservadora ante el liberalismo español, al temor por el laicismo y al deseo de mantener la subordinación a un monarca absoluto. En pocas palabras, la historia de la independencia centroamericana fue un fiel reflejo de muchas dinámicas políticas de los últimos dos siglos: era preciso cambiar, para que todo siguiera igual.


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