¡Qué mundo más complicado!

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Por: Estuardo Porras Zadik

Pocas veces se tiene la oportunidad de reinventarse. Usualmente, son circunstancias catastróficas las que sirven como catalizador de los cambios radicales. Ejemplos de estos sobran y han acompañado a países, regiones y continentes a través de la historia de la humanidad. Las guerras, los descalabros financieros, los desastres naturales, y sí, hasta una que otra pandemia han reconfigurado el mundo y nos han obligado a adaptarnos para sobrevivir. El COVID-19 era nuestra oportunidad, pero pareciera que sus efectos no han sido lo suficientemente devastadores para obligarnos a cambiar.

No pretendo minimizar el sufrimiento de las víctimas de la pandemia. Para algunos el daño es irreparable, les ha costado la vida de un ser cercano, la quiebra de su negocio, la pérdida de su trabajo o de sus ahorros. Esta tragedia dejará huella. No obstante, de lo que no estoy tan seguro es si sabremos capitalizarla. Tuvimos una muestra de lo que le sucede a la naturaleza si nos detenemos. El corto plazo opacó cualquier opción de un cambio real en nuestro actuar, de una nueva y más sostenible forma de convivir en este planeta que hemos destruido. Repito, creo que poco sucedió para hacernos comprender y aceptar que el rumbo que llevamos es insostenible.

El país más poderoso del mundo hoy dice mucho. A los países como el nuestro, llevar la bandera en temas de subdesarrollo social es lo que los ha caracterizado. Sin embargo, cuando el velo del desarrollo se le cae a una nación tan poderosa, debiésemos prestar atención. Podríamos argumentar a favor de la urgente necesidad de sacar del poder al presidente Donald Trump, y no solo por su gestión en ese país sino por su peculiar manera de abordar casi sin excepción las relaciones internacionales. Si pensamos que no se puede poner peor, créanme que sí se puede. El repudio de algunos por Joe Biden no debiese contarles otra historia de Trump. Los hechos hablan por sí solos. Ahora bien, lo que también es cierto es que esta administración, por devastadora que pueda ser descrita, es heredera de la tendencia a la que por inercia nos hemos adherido. Por quánticos que sean los avances en temas de tecnología y desarrollo económico, la humanidad va para atrás. La pandemia nos puso en jaque.

Mientras esta crisis se politiza en el país que debiese de ser un referente y la punta de lanza a la que estábamos acostumbrados, en nuestras latitudes todo sigue igual. Es lamentable, que, dado lo ocurrido al gobierno del Partido Patriota y posteriormente al desgobierno de Jimmy Morales, nuestras autoridades se encuentren estancadas. Y no me refiero precisamente al desgastado tema de la pandemia, ya que pareciera ser que estamos cómodos con las estadísticas y dispuestos a dar vuelta a la página sin profundizar en el tema, a pesar de que, sin duda alguna, hay mucho que explorar.

Esta es una oportunidad para ordenar nuestras prioridades, hacer una pausa, ver hacia atrás y construir un futuro diferente para las nuevas generaciones, que hoy están por heredar un mundo complicado. Pero nuestra urgencia por regresar a la normalidad nos hace olvidar lo que fue, lo que pudo ser y lo que sin duda algún día será. Aunque son demasiados, aún son pocos los fallecidos para que merezcan toda nuestra atención. Pero no es en los muertos donde hay que poner la mira, sino en cómo vivimos los que seguimos aquí. El miedo duró poco. Envalentonados retomamos el camino sin hacer los cambios que se requieren; los cambios que en momentos de pánico supimos identificar, pero que con la relativa calma de hoy dejamos a la deriva. Todo lo que hagamos a partir de lo vivido durante esta pandemia, o lo que dejemos de hacer, cobrará su factura y será lo que en el futuro deberemos enfrentar. Siento poca esperanza, pues el país que marcaba nuestro norte, mejor dicho, el del mundo se encuentra sumido en sus problemas y aquí, en Guatemala, las autoridades aprovechan esa desatención para que las cosas no cambien y sigan exactamente igual. ¡No aprendimos nada!


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