Casi 200 años

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Por: Samuel Pérez

Imagine que mañana nos invade un batallón de soldados de un país lejano con aviones supersónicos y barcos de guerra imponiéndose sobre nuestra soberanía y reclamando propiedad de todos nuestros recursos en nombre de esa potencia. Los últimos pulmones del mundo estaban aquí, en Mesoamérica, por lo que decidieron utilizar medidas de fuerza e intervención al haber destruido ellos, irreversiblemente, los propios.

Imagine que a pesar de la guerra quien gana el pulso es esa no-tan-hipotética potencia.

Imagine además que los habitantes de esa súper potencia hablan un idioma distinto al español, escriben con distintos caracteres, poseen un marco de creencias distintas a la que usted profesa y viven bajo códigos de conducta y un modelo social y cultural diferente al que usted conoce.

A partir del día siguiente de la invasión, lo que se conocía como Guatemala, Belice, El Salvador y Honduras dejan de ser países separados y estarían ahora bajo un nuevo régimen dominante, un nuevo idioma, una distinta forma de vestir, comportamientos distintos a los acostumbrados. Todo eso por medio de la fuerza, obligándole a “convivir” como los invasores establecieron.

Imagine que después de que esa potencia le arrebatara todo lo que usted poseía, ahora decide repartirlo entre los soldados invasores y sus familias. Entre ellos diseñan una Constitución Política basada en sus propios intereses, se reparten su casa, propiedades y negocios. Cierran las universidades y colegios para que usted y sus hijos no se eduquen en su idioma, queman edificios de gobierno, museos, iglesias, monumentos, bibliotecas y todo lo que usted consideraba patrimonio histórico, cultural de gran valía social y personal. Patrimonio que forjó su identidad y su propia historia. Los soldados arrasaron con los habitantes de ciertas zonas de la capital donde se concentraba el poder. Quemaron algunas casas y sacrificaron a algunos miembros de la elite económica, política, académica y religiosa del país. 

Años después, los invasores establecidos deciden “independizarse” de la potencia que les patrocinó. Ahora las selvas y lagos eran sus fincas privadas y protegidas por el mismo régimen expreso, incluso, en la nueva constitución que ellos escribieron. 

Establecieron sus periódicos, programas de radio y TV. Fundaron sus universidades y escuelas en ese idioma extraño. Usted no consigue trabajo pues no hablaba el idioma y es discriminado por ser de los ‘vencidos’, por no verse igual a ellos, los invasores. Peor aún, por necesidad de trabajar para subsistir, usted no tiene medios para unir fuerzas con más chapines y manifestarse contra tal injusticia. Un nuevo estilo de vida se impuso. Sus hijas y nietos nacerían en pobreza absoluta, sin acceso a oportunidades de competir en igualdad de condiciones con la elite dominante. Elite que ve en usted una amenaza si usted se educa y exige que sus derechos humanos sean respetados. Los hijos de sus hijas solo tienen chance de trabajar como mano de obra de los “invasores” en fincas, maquilas y campos ganando menos que el salario mínimo. Usted no tendría acceso a préstamos ni a oportunidades para ‘construir su futuro’ pues no posee propiedades, ni educación de buena calidad e incluso le costaría acceder a esos servicios porque todo está en ese idioma extraño que usted apenas entiende. Sin embargo, en la Constitución vigente, tanto usted como sus descendientes tenían los mismos derechos que todos. No se reconocía el idioma español en la misma. La religión dominante era la de quienes hoy habían conquistado y usted es visto como un hereje al practicar su Fe cristiana.

Imagine que esa Independencia del poder extranjero original lleva ya casi 200 años. Cada año distintas generaciones de ‘chapines’ ven cómo el desfile militar se pasea por las calles celebrando y conmemorando la victoria histórica, izando una bandera que no le representaba y cantando un himno nacional en un idioma ajeno. 

En medio de su frustración e impotencia, la voz de quienes concentraban ese poder adquirido y heredado, en ese idioma extraño, le repetía incansablemente que no pensara en el pasado, que se adaptara, que fuera optimista y no se quejara. Que cada quien es responsable de forjar su futuro. Que no sea revoltoso o inconforme.

Pero puede que imaginar cueste mucho, cuando quien está del otro lado de esa no-tan-hipotética historia, no es usted.


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