Los ofidios de ocasión

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Por: Italo Antoniotti

Los sicofantes son una lastimera casta que siempre ha existido alrededor de los poderosos y pudientes, se trata de aquellos despreciables seres que proliferan con alguien que llega o nace en el éxito –sea económico o político– y padece tal debilidad mental, que sucumbe ante quienes con lisonjas avalan cualquier disparate que se le ocurra.

Puede que en un principio no deje seducirse por esta clase de aduladores; sin embargo, el déficit de sinceros aumenta proporcionalmente a la irascibilidad con la crítica y ello causa incluso el distanciamiento de aquellos que le han sido cercanos toda la vida.

Cuando Antípater sucedió a Alejandro Magno en el reino de Macedonia, cuentan que buscó servirse de Foción –filo-macedónico– para gestionar una cuestión desventajosa para los atenienses, fue entonces que este comentó: ‘Antípater no puede servirse de mí siendo contemporáneamente amigo y adulador’.

Quizá quien mejor ha descrito una escena de lisonjeros con un poderoso fue Petronio Arbitro, cuyo ‘Satyricón’ describe el extravagante festín del liberto Trimalción, “nuevo rico” que presume ante sus comensales una serie de platos exorbitantemente caros; es memorable cuando parten un cerdo asado y salen palomas volando del vientre, todo en el ambiente más pueril de zalamería grupal que alguien pudiese imaginar. 

Los lambiscones han sido responsables de la caída de hombres y mujeres leales a un poderoso, esto ocurre cuando ven amenazada su posición dentro de un círculo o corte; un caso paradigmático en la historia antigua fue la desventura de Flavio Estilicón, un general nacido en Germania, de origen vándalo y confesión arriana; el cual, durante el moribundo imperio romano del siglo V defendió y encumbró al imbécil Honorio para después ser víctima de una cortesana conspiración a cargo de Olimpio, un sicofante que a la postre signó la ruina del irrelevante emperador.

Más adelante en la historia, tenemos el ejemplo de Tomás Moro, quien pasó de ser un amigo íntimo del rey Enrique VIII a incómodo crítico y posteriormente, enemigo. Si nos atenemos a la versión de Berglar, fue John Stokesley el cobista de ocasión que habló al oído del soberano para acabar con el molesto teólogo inglés. La pasión por Ana Bolena y la negativa de Moro en reconocer a Enrique como jefe supremo de la iglesia de Inglaterra fueron oportunidad idónea para abonar la soberbia del monarca. ‘Muero siendo el buen servidor del rey, pero de Dios primero’ expresó Moro momentos antes de su ejecución.

Los alabanceros prevalecen en sociedades poco cultas, donde los frenos a los gobernantes son débiles y la dignidad está en venta. En redes sociales vi al expresidente publicitar su propia marca de puros gracias a un préstamo que Fonagro ofreció a la fábrica de tabaco donde él resultó socio. En la foto del tuit estaba con su ocasional sicofante.

En algunos círculos elitistas, lejos de buscarse opiniones que amplíen los horizontes intelectuales, se privilegia a aquellos corifeos que solo sirven de caja de resonancia para visiones y mitos que un grupo busca conservar. 

Eventos de empalagosa melifluidad para ennoblecer imposturas y mediocres que a ritmo sincopado de burdos elogios usurpan posiciones que en circunstancias distintas jamás lograrían; son moneda corriente. Lo anterior engendra fatuos e imprudentes que no respetan edad ni conocimiento, pueden ser magnates y líderes de derecha o izquierda; no importa, a veces el éxito y poder causan adicción a la vanidad, uno de los más poderosos psicofármacos del mercado. 


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