El “primer círculo” se desgasta

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Por: Édgar Gutiérrez

El primer círculo de poder lo integran el presidente Giammattei, el secretario ejecutivo del Centro de Gobierno, Miguel Martínez, y la secretaria general de la Presidencia, Leyla Lemus. Entre ellos existen relaciones cruzadas de dependencia política, profesional y personal. El Presidente lleva la conducción política, y la jurídica, la Secretaria General. El director del Centro de Gobierno depende de ambas conducciones, a la vez que ejerce su propia influencia personal y fortalece el vínculo entre ellos. Si él sale del círculo formal (o real), la relación entre el Presidente y la Secretaria previsiblemente se aflojaría.

En los campos por donde se ha debilitado el gobierno aparecen los tres como protagonistas. Uno de esos campos lo escenifica el presidente Giammattei en la mala gestión de la pandemia del COVID-19, que es el epicentro de la agenda nacional. Otro lo representa la secretaria Leyla Lemus en su inhabilidad de situar estructuras propias para negocios públicos, como, aparentemente, en el IGSS. Y el tercero lo representa Miguel Martínez, en la presumible transgresión de elementales normas de la administración pública, quizá por su inexperiencia y deficiente asesoría.

La intolerancia de los integrantes del “primer círculo” a la crítica pública y a la fiscalización –no digamos social, sino hasta la oficial- exacerbó en las últimas semanas esos problemas, colocándolos en el centro del debate. Primero fueron los ataques contra ‘Plaza Pública’ y los periodistas Pavel Vega y Sonny Figueroa. Después llegó la arremetida contra un funcionario de la Contraloría y, por último, contra la FECI. Todos, en términos siempre rudos.

El “primer círculo” responde con demasiada frecuencia a los trabajos normales de periodistas de investigación, a las auditorías oficiales y los procedimientos ordinarios de investigación penal, con expresiones como “dejen de intimidarnos” y, acto seguido, lanzan sus ataques abiertos y encubiertos. Personifican el refrán “(d)el niño llorón y la nana que lo pellizca”.

La Contraloría sacó ayer el pecho y aseguró que no permitirá que el gobierno interfiera en su función de fiscalización. El 25 de agosto Miguel Martínez denunció penalmente al director de auditorías para la atención de denuncias. Hasta ahora el contralor Edwin Salazar había sido condescendiente con la Presidencia de la República y cercano a Martínez.

En cambio, en el MP, como ya se está volviendo costumbre, se cuecen las viejas habas pre-CICIG. Leyla Lemus se negó a entregar información sobre el caso de presunta conspiración para destituir al presidente del IGSS, Carlos Contreras, por lo cual la FECI sugirió a la fiscal general, Consuelo Porras, solicitar el retiro de inmunidad a la Secretaria General. La fiscal encargó a dos de sus asesores examinar el asunto y éstos, oficiosamente, voltearon la carga acusatoria contra la única fiscalía prestigiada del MP. Así, Consuelo Porras sacó del juego a la FECI.

Un viejo político guatemalteco solía decir: “Hay quienes no entienden, pero, peor, hay quienes no entienden que no entienden.” Quienes integran el “primer círculo”, al parecer, encajan en esta última descripción. En su discurso del Día de la Independencia, el presidente Giammattei –en consonancia con su primer círculo- opinó que el límite (alcance) de la libertad de expresión es la verdad. Sabemos que la política es el terreno más movedizo y alucinante donde las mentiras se empaquetan como verdades inconmovibles. Por eso las repúblicas se procuran verdades judiciales, auditorías y otras. Y la democracia las enriquece con la libertad de información y de emisión del pensamiento. Si se quiere conocer la verdad, simplemente no hay que impedir que esos sistemas operen.


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