Entrega desinteresada

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Por: Salvador Paiz

A sus 19 años, doña Isabel se casó con don Alfonso Bosch Soto. Don Alfonso era un hombre hecho y derecho. Sumamente entregado a los demás y al desarrollo del país. En 1974, Centroamérica fue escenario de la terrible tragedia del huracán Fifí. Honduras fue uno de los países más afectados. Naturalmente, llamado por su increíble espíritu de servicio, don Alfonso decidió emprender un viaje para entregar medicinas a los damnificados de este desastre natural. Lamentablemente don Alfonso falleció en este viaje, a causa de un accidente aéreo. Doña Isabel entonces quedó viuda, con 5 hijos a su cargo, el mayor de 21 años de edad y la más pequeña de 5. Durante el resto de su vida demostró su gran fortaleza y su capacidad de resiliencia. Siempre alegre, amable y dispuesta a dar lo mejor si.

Con esta tragedia, la historia de la familia Bosch Gutiérrez y la de mi familia, Paiz Del Carmen, se entrelazan. Al igual que don Alfonso, décadas más tarde, mi padre también fallece en un viaje en el que buscaba ayudar a otros. Luego de nuestra pérdida, la familia Bosch Gutiérrez se solidarizó con nosotros al enfrentar tan similar situación. Mi madre siempre estuvo acompañada por doña Isabel, con sus consejos y su cariño. Agradezco todo el aliento que nos brindó a partir de entonces.

Años más tarde, en mi camino como profesional, también compartí con doña Isabel en distintos escenarios. Tuve oportunidad de presentarle ideas y proyectos. Ella siempre me recibió con toda la apertura del caso, y escuchaba con atención mis ideas a favor de la educación y de Guatemala.

Pero mi familia y mi persona no hemos sido los únicos que sintieron el cariño y atención de doña Isabel. Doña Isabel fue precursora de un sinfín de iniciativas para beneficiar a jóvenes guatemaltecos en necesidad. Para mí, ella lideró una verdadera filantropía transformadora. Se ocupó por brindar oportunidades a quienes no la tenían y abanderó importantes causas desde mucho antes de que se volvieran parte de la conciencia nacional, como el resguardo y empoderamiento de las mujeres, la educación, la desnutrición crónica infantil, entre muchas otras.

Ella fue la primera mujer presidenta del Club Rotario Guatemala. Tiempo después, en 1985 lideró la creación de la Fundación Juan Bautista Gutiérrez, el brazo social de Corporación Multi Inversiones, fundación de la cual fungía como su presidenta. En ella doña Isabel instauró importantes proyectos de educación y salud para transformar vidas en miles de comunidades en todo nuestro país. Otra iniciativa transformadora que ella abanderó en la Fundación Juan Bautista Gutiérrez fue el premio “Apoyando a quienes apoyan”.

Con este premio, doña Isabel reconocía que una sola fundación no podía generar todos los cambios e impacto que necesita el país. De esta manera, motivaba e incentivaba a otras fundaciones a seguir adelante con su labor social. Como un reconocimiento póstumo, no hay nadie más merecedor de ese premio, que ella misma. Ella ha sido la persona que más ha apoyado a quienes apoyan. De hecho, gracias a esta intachable trayectoria y entrega hace poco fue nombrada por Forbes, como una de las 100 mujeres más poderosas de Centroamérica. ¡Qué orgullo!

Lamento muchísimo la partida de doña Isabel y presento mi más sentido pésame a su familia, amigos, a todos los jóvenes que forman parte de su legado y aprendieron de su inmensurable solidaridad, y también a todos los miembros de la Fundación Juan Bautista Gutiérrez. Estoy seguro que doña Isabel deja un gran vacío en la vida de muchos de nosotros. Sin embargo, recuerden que también nos deja grandes lecciones de humildad, perseverancia, resiliencia y, sobretodo, de entrega. Entrega desinteresada. Entrega sin medidas. Gracias doña Isabel.


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