Debates entre presidenciables

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Por: MARIO FUENTES DESTARAC

La Comisión de Debates Presidenciales de EE. UU., que es una organización independiente, neutral y sin ánimo de lucro, procederá a organizar tres debates entre los presidenciables Donald Trump y Joe Biden, postulados por los partidos Republicano y Demócrata, respectivamente, que se celebrarán el 29 de septiembre y el 15 y 22 de octubre de este año, de cara a las elecciones generales previstas para el próximo 3 de noviembre, así como un único debate entre los candidatos vicepresidenciales de ambos partidos, Mike Pence y Kamala Harris, que tendrá lugar el 7 de octubre.

En todo caso, cabe recordar que, en una reciente conferencia de prensa, la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, perteneciente al Partido Demócrata, inusitadamente expresó: “No creo que deba haber ningún debate (…) No creo que el presidente de EE. UU. (Trump) se haya comportado como se debe comportar cualquier persona, y no creo que haga alusión a la verdad, a las pruebas, a los datos y a los hechos. No legitimaría una conversación con él, ni un debate en términos de la presidencia de EE. UU.”. Sin embargo, Joe Biden, quien lidera la intención de voto, inmediatamente reaccionó diciendo: “Voy a debatir con Trump”.  

En mi opinión, la competencia y el debate son componentes fundamentales de la democracia electoral. La competencia se entiende como la disputa o contienda entre dos o más candidatos a un cargo de elección popular. Lógicamente, dicha competición debe ser justa, arbitrada con imparcialidad y en igualdad de condiciones, lo que supone un encuentro sin privilegios (sin ventajas, tratos preferentes o favores) ni discriminaciones (tratamiento de inferioridad).

El debate, por su parte, es la discusión o intercambio de ideas, opiniones y planteamientos antagónicos en torno a problemas, asuntos o propuestas. Es la esencia de la libertad de expresión de ideas y la sangre de la democracia liberal. Debatir implica dialogar, reflexionar, criticar, confrontar y disentir de los puntos de vista o planteamientos de otros, en un marco de respeto, tolerancia y búsqueda de la verdad. Quien debate analiza, razona, contradice, objeta, argumenta, pregunta y replantea sobre el asunto controvertido; aporta y enriquece la discusión, incluso con vehemencia, energía y entusiasmo. En el contexto de un debate serio y responsable, existen las posibilidades de conceder o reafirmar, de aceptar o rechazar, de ser flexible o radical, de negociar o no.

Por consiguiente, el debate es inherente al derecho democrático de elegir, que supone la facultad de los ciudadanos a escoger o seleccionar libremente entre varios candidatos, a los que se les garantice su participación en la contienda, porque el electorado tiene el derecho a conocer, con suficiencia, objetividad y oportunidad, cada una de las postulaciones en liza, teniendo a la vez la posibilidad de contrastar las propuestas o planteamientos de los competidores, a través de la confrontación pública de ideas.

De hecho, en EE.UU. los debates han definido elecciones presidenciales. Inequívocamente, los debates entre los presidenciables John Kennedy y Richard Nixon (1960), Ronald Reagan y Walter Mondale (1984), George H.W. Bush y William Clinton (1992), Albert Gore y George W. Bush (2000), Barack Obama y Mitt Romney (2012), así como entre Donald Trump y Hillary Clinton (2016), incidieron de manera decisiva en los votantes.

En Guatemala, ha habido candidatos presidenciales que han rehusado debatir. En 1985 y 1991, Jorge Carpio (UCN) rehuyó debatir; en 2007, Otto Pérez (PP) también se abstuvo de debatir; en 2015, Manuel Baldizón (Lider) no concurrió a los foros y debates; y, asimismo, en 2019 Sandra Torres (UNE) no quiso debatir. Casualmente, los cuatro fueron derrotados en las urnas, a pesar de que antes de los comicios lideraban la intención de voto.

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