Visiones de desastre

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Por: Méndez Vides

El temblor de tierra del pasado martes me trajo a la mente la turbadora impresión que mantuve todo el año pasado, presintiendo como ave de mal agüero que el 2020 sería de desastre, pero me quedé corto. El recuerdo experimentado en 1976, cuando en apenas medio minuto quedó el país destrozado, con más de 23 mil pérdidas humanas bajo muros de adobe. Recuerdo vivamente la profunda sorpresa al despertar asustado por el bamboleo de tierra, escuchando ese rugido del volcán de Fuego, como tumbos de mar, o el deslizarse de láminas metálicas y quebradura de tejas de los techos de la Antigua Guatemala. La puerta de mi habitación se abría y cerraba, o solo capté una apertura o cierre que me pareció repetirse como en una pesadilla, mientras del tapanco caía una lluvia de tierra con bandas de madera que no llegaban al piso. La primera reacción esa madrugada del 4 de febrero fue protegerme ocultándome debajo de la cama, instintivamente, y todavía me golpeó en la cabeza una grabadora que saltó del velador, en un absurdo movimiento parabólico.

Llegó la calma, el planeta dejó de sacudirse como chucho empapado, y me atreví a salir en busca de un espacio seguro. Llegué descalzo al centro del patio, al lado de una camelia que nunca creció más allá del metro desde que tengo memoria, pero que cuarenta años más tarde se trasplantó en el mismo lugar con otra tierra, y se estiró como gigante. Nos reunimos en silencio, y armado con una candela hice el recorrido por toda la casa. En la habitación del fondo, en la de mi hermano, que pasaba afortunadamente una temporada en Esquipulas, encontré un muro cubriendo la cama, con las ramas de un palo de nísperos del sitio vecino asomándose liberadas, y un soplido de viento apagó la vela.

Los vecinos estaban sentados a la entrada de sus casas, en trajes de dormir y cubiertos con mantas, observando las serpientes de los cables eléctricos despidiendo fuego al chocar contra el suelo, anárquicamente, echando chispas, como toritos de feria. La luz natural llegó pronto, y el espanto pasó. Fue un golpe duro, del cual nos recuperamos con actitud y paciencia. La universidad suspendió actividades, y nos involucramos en el proceso de reconstrucción. Hubo hermandad y solidaridad. Nosotros levantamos una casa que estuvo de pie por años, en Mixco, que yo pasaba verificando hasta cuando desapareció del todo. En su lugar levantaron una vivienda moderna, con terraza y persianas.

Anduve con miedo de que se repitiera la experiencia, pero el desastre fue mucho peor.   Nos zarandeó la pandemia. Las víctimas mortales han sido menos, hasta el momento, que los de entonces, pero el efecto en la economía será severo, y ahora lo que hace falta es recuperar el empleo, que poco a poco regrese la confianza, y nos olvidemos para siempre de esta experiencia compartida mundialmente.


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