Amalgama entre diputados y magistrados

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Por: Gonzalo Marroquín Godoy / ENFOQUE

Hay noticias que provocan sorpresa, pero otras están dentro de lo esperado. Por ejemplo, si la Corte Suprema de Justicia (CSJ) fallara en contra de diputados o de la sucia ‘clase política’ –es decir de políticos corruptos–, ¡eso sería gran sorpresa!

Pero la noticia de que la mayoría de magistrados de la CSJ –con las honrosas excepciones de las magistradas María Eugenia Morales y Delia Dávila–, rechazaron ‘in límine’ –es decir de entrada, sin entrar a conocer–, el antejuicio solicitado contra directivos del Congreso por negarse a cumplir un fallo de la CC, es algo que no sorprende para nada, pues desde hace tiempo se ve una amalgama –mezcla confusa–, entre la justicia y el poder político, por cierto bien fusionada por intereses comunes.

Y no debe extrañar. Los magistrados actuales, tienen muchas razones para seguir haciendo el trabajo que hasta ahora han hecho muy bien: promover la impunidad. La primera es que mientras más se tarde el Congreso en elegir nueva CSJ, más tiempo pasan ellos al frente de la justicia (¿?) y, ¡por supuesto!, siguen cobrando sus nada despreciables salarios que pasan de los Q50 mil mensuales –más gastos médicos, seguros y muchos otros beneficios–, así como su gran cuota de influencia en la vida política, económica y social del país, que no me extrañaría, les produzca otras buenas entradas, dada su pobre calidad moral.

Además, no hay que perder de vista que, protegiendo a los diputados, se protege al cuerpo colegiado que los eligió, el cual, espera de ellos –de la mayoría al menos– ‘fidelidad por siempre’.

Aunque la sociedad no ha puesto la debida atención en el tema, mucho se ha dicho sobre lo que está sucediendo a nivel institucional. Es muy clara la situación que vive la justicia guatemalteca: no existe independencia del poder judicial frente a los otros poderes del Estado –Ejecutivo y Legislativo– y está supeditada –salvo otra vez a honrosas excepciones– a los mandatos que llegan desde el Congreso, Casa Presidencial o de la voz de los ‘operadores’ de estos organismos. También las mafias tienen tentáculos dentro del sistema de justicia.

En las dictaduras, los ‘hombres fuertes’ –tipo Pinochet, Fujimori, Chávez, Correa, Maduro, Ortega o los Castro– concentran el poder absoluto, pero pretenden mostrar una fachada de independencia entre los poderes. Hasta Donald Trump en la democracia estadounidense, mete constantemente sus manos en la designación de magistrados para controlar la justicia.

Aquí ha sido lo mismo, aunque en un esquema distinto, pues es rotativo, de acuerdo a los colores del partido que se hace del poder cada cuatro años. Pero el efecto es el mismo. La justicia ha perdido su independencia desde hace mucho tiempo y muy pronto veremos que la ‘clase política’ se hace de todos los pesos y contrapesos dentro del sistema de justicia, cuando se elija el año próximo la nueva Corte de Constitucionalidad.

Lo que está sucediendo no es poca cosa. Se está jugando en gran medida el futuro del país. Si esta amalgama continúa y se fortalece –como parece que sucederá–, estaremos ante un verdadero y frustrante atolladero del que no será fácil salir. Uno de los agravantes es que la concentración de poder dentro o alrededor de la amalgama, la hace difícil de combatir, sobre todo si no hay conciencia ciudadana.

Algunos ven esto como una lucha ideológica.  Nada que ver. Se trata de rescatar el sistema democrático. La corrupción y la impunidad no responden a ideologías, como se ha comprobado a lo largo de la historia aquí, allá y acullá.  Por todos lados.

Tan corrupto es Maduro, como antes lo fue Pinochet. En Guatemala lo hemos vivido también. Gobiernos de derecha –Arzú, Pérez o Jimmy– y de izquierda o populistas –Portillo y Colom–, han sido ‘más de lo mismo’, con casos sonados de corrupción, unos descubiertos y otros solo públicos, pero bien protegidos por el sistema; salvo Portillo, quien fue pescado por la justicia estadounidense, que le pilló por unos millones de dólares que se embolsó por cortesía de Taiwán, pero cometió el error de lavarlos en el sistema bancario de aquel país. Todos los casos que se abrieron contra él aquí… ¡por supuesto!,  no prosperaron, precisamente porque funcionó de maravilla la amalgama de la impunidad.


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