La buena muerte

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Por: Roberto Blum

La pandemia que azota actualmente a la humanidad nos enfrenta a todos los seres humanos a considerar la muerte, un acontecimiento inevitable para todos los seres vivos que surgimos como fruto de las relaciones sexuales. Los antiguos mitos que relacionaban el sexo con la muerte, a Eros con Tánatos, parece no estaban tan equivocados. Hoy sabemos que la reproducción sexual inevitablemente le abrió la puerta a la muerte.

En el siglo veinte, Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis descubrió en la psique las dos grandes pulsiones que impulsan a los hombres y mujeres como parte que somos del reino de los vivientes, la pulsión erótica, que lleva a la creación de unidades cada vez mayores y la pulsión tanática que lleva a la destrucción y el aniquilamiento, el eterno flujo y reflujo de la vida y la muerte.

Así, un 23 de septiembre hace ochenta y un años, tuvo lo que pareció una buena muerte el padre del psicoanálisis en su exilio londinense. El doctor Max Schur que lo atendió en sus últimos tiempos escribió una relación de su vida y muerte. “El último libro que leyó [Freud] fue ‘La piel de zapa’, de Balzac. Cuando lo terminó me dijo, con aire distraído: ‘Este era el libro adecuado para que leyera; trata del encogimiento y la inanición’; … En aquella época, yo ignoraba cuán significativa era esta observación y por qué me la había hecho. El tema del encogimiento de la piel repite las palabras de Freud escritas en 1896, respecto de su padre agonizante: ‘se encoge inexorablemente … hacia una fecha fatal’”.

Dos días antes, el 21 de septiembre, Freud le recordó a Schur la promesa que le había hecho de no abandonarlo en sus últimos momentos. “Ahora solo queda la tortura, tortura que ya no tiene sentido”. Cuando se repitieron los insoportables dolores, Schur le administró morfina y el viejo psicoanalista “sintió alivio y se sumió en un sueño pacífico. La expresión de dolor y sufrimiento había desaparecido.” Continua Schur, “después de 12 horas repetí la dosis. Freud se encontraba tan cerca del fin de sus reservas que cayó en estado de coma y no volvió a despertar. Murió a las tres de la madrugada del 23 de septiembre de 1939.”

Hoy, la muerte por la pandemia se ha llevado sólo en los Estados Unidos más de 200 mil personas y en el mundo un millón. Hombres y mujeres, niños, jóvenes y viejos, que podrían haber muerto probablemente en mejores circunstancias, quizás muchos de ellos habrían tenido una buena muerte, o al menos una mejor muerte que la que la pandemia les ofreció. Casi todos los que murieron en los hospitales la enfrentaron solos, sin una mano amiga que los pudiera acompañar en ese terrible tránsito del tiempo a la eternidad. ‘Memento mori’ recomendaban los clásicos latinos.

Si la muerte de todos los vivientes es inevitable, como lo es, nosotros que contamos con la razón y la imaginación no podemos ser remisos y aceptar nuestro fin definitivo sin agregarle aquello que básicamente nos caracteriza como seres humanos, nuestra libertad personal.

Sigmund Freud (victoria por la boca y la alegría) quiso mantenerse consciente hasta el último momento en el que libremente decidió que el dolor era insoportable tal como lo escribió Schur, y también libremente pidió el auxilio último a su médico y amigo quien aceptó ser un instrumento libre de la libérrima voluntad del gigante intelectual que transformó nuestra concepción del mundo interno en el siglo pasado, Sigmund Freud, cuya buena muerte fue consecuencia de una buena y larga vida.


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