La política en el Antropoceno

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Por: Jorge Mario Rodríguez

Una de las carencias políticas más serias de la humanidad actual es la renuencia a leer con integridad las amenazas más evidentes para el futuro de la humanidad, para así actuar en consecuencia con tales desafíos. La actual crisis del coronavirus, que empieza a desarrollar su segunda ola, es un recordatorio de que los patógenos pueden adaptarse a un mundo transformado por el ser humano. La actitud despreocupada frente a un futuro cargado de preguntas sin respuestas fáciles confirma la tesis reciente del filósofo Justin Smith de que los avances de la razón son limitados y, como lo prueba la locura de la política mundial actual, un logro reversible.

No se puede negar que la ciencia ha alcanzado elementos racionales para incrementar nuestra comprensión del mundo. Sin embargo, la racionalidad no ha logrado imponerse de manera integral en el ámbito total de la acción humana, como lo prueba la capacidad de autodestrucción que la humanidad ha alcanzado. Durante mucho tiempo, sin embargo, se desarrolló la idea de que constituíamos la cúspide la naturaleza y que nuestra razón, a través de la ciencia y la tecnología, garantizaban el dominio del mundo. La destrucción causada por la irrefrenable actividad económica humana ha operado cambios dramáticos en el mundo natural, casa grande de la cual depende nuestra propia sobrevivencia como especie. Incluso, ha llevado hasta la erosión de nuestra consciencia.

Por esta razón, se comprende la súbita iluminación que experimentó el Premio Nóbel de Química, Paul Crutzen, cuando en el año 2000, en un congreso científico en Cuernavaca, declaró de repente que dejábamos el Holoceno para entrar en el Antropoceno. La actividad humana se reveló entonces, como un factor de cambio geológico que ponía en peligro nuestras propias condiciones de existencia. Desde esta perspectiva, destaca el cambio climático, pero existen otras manifestaciones: la extinción acelerada de especies, la destrucción de la naturaleza virgen, el derretimiento de los polos y otro tipo de fenómenos con consecuencias dramáticas para las sociedades.

Desde luego, la industria negacionista, financiada por generosas subvenciones privadas, nunca aceptará esta realidad, la cual, sin embargo, cuenta ya con un importante aval científico. Así, ante los cambios acelerados, es mejor asumir que la política global necesita nuevas claves.

Como sociedad guatemalteca debemos pensar en esta situación. La razón es muy sencilla: las políticas del país son decididas por sectores cuya “racionalidad” se limita a defender sus intereses de cortísimo plazo —no toman en cuenta ni siquiera los intereses de sus propios descendientes. En consecuencia, vamos de fracaso en fracaso y, sin duda, con la mediocre clase política que actúa cada vez con mayor insolencia, la situación no puede estar peor. Las ideas adecuadas no pueden venir de semejantes mentes y de empresarios que quieren un país sometido a sus agendas de pillaje.

Tres cosas deben ser centrales para futuros proyectos políticos: En primer lugar, se debe combatir la desigualdad. Cuando esta crece, los intereses de la mayor parte de la sociedad dejan de tener importancia, frente a las conveniencias de los poderosos. En segundo, se debe tener un especial cuidado con el manejo de los bienes y equilibrios naturales de los que depende de nuestra sobrevivencia. En tercero, es necesario que las fuerzas del país luchen con decisión por los umbrales mínimos de la política de los próximos años.

Vivimos en un mundo acelerado y, sin duda, las consecuencias no tardarán en evidenciarse, como de hecho ya lo podemos sentir en esta crisis, en donde el pueblo ha sido abandonado por un gobierno enloquecido por la rapiña. Ya no podemos tener equipos de gente ignorante a cargo de un Estado que debe crecer para enfrentar los nuevos desafíos.


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