Un profeta en su tierra

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A inicios de los años setenta, un joven recién egresado del Liceo Guatemala, sin cumplir sus dos décadas, emigró a Estados Unidos con una valija ligera, pero llena de sueños y esperanzas. Alrededor de 40 años después retornó a su país de origen, donde dejó el ombligo, convertido en el embajador de la nación más poderosa del planeta a cerrar una brillante y sólida carrera diplomática. Vino a dirigir la “Reforma o la 20 calle”: lo que conocemos como “La Embajada”. Hoy día, a diferencia de muchos años atrás, el único poder, ante quien tiembla la “narcocleptocracia” que tiene secuestrados a los chapines desde 1982.

El embajador Luis Arreaga es estadounidense y un paisano que nos hace sentir orgullosos. Respetuoso, discreto, pausado, educado, ameno, ecuánime, moderado, trabajador, sincero, sensible, culto y talentoso, y sin perder la chispa de los patojos de barrio que “barranqueaban” en los lejanos años sesenta, en los alrededores de la colonia “El Maestro”, zona 15.

En Estados Unidos, muy joven, alrededor de sus 20 años, formó una familia con su amada y distinguida esposa Mary, y estudió con disciplina y entusiasmo, hasta doctorarse en Economía en la Universidad de Wisconsin en Milwaukee. Antes de iniciar su carrera en el servicio exterior, trabajó en USAID en Perú, El Salvador y Honduras. Fue asignado a la embajada de Estados Unidos en España, estuvo en la Misión ante las Naciones Unidas en Ginebra y fue director del Centro de Operaciones del Departamento de Estado y asistente del Subsecretario para Asuntos Políticos.

A la vez que se formaba en la tradición de la escuela diplomática estadounidense de finales de los ochenta y principios de los noventa, el embajador Arreaga trabajaba con eminentes diplomáticos de la estatura de Thomas Pickering, hoy día retirado a sus 88 años. Progresivamente fue adquiriendo responsabilidades más altas, como Director de Personal del Departamento de Estado, Cónsul General en Vancouver y segundo de abordo de la embajada en Panamá.

En 2010 fue nombrado embajador en Islandia –es el primer chapín embajador de Estados Unidos– y a partir de noviembre de 2013, hasta su arribo a Guatemala en octubre de 2017. Adquirió una experiencia hemisférica como Subsecretario Principal para la Oficina de Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley del Departamento de Estado.

Su estadía en Guatemala no fue un lecho de rosas. Llegó en un momento de alta tensión y polarización y extremismos, en torno a la CICIG, y cuando en Washington, D.C. se atravesaba uno de los climas más extraños, casi surrealista, con el presidente Trump, una genuina anomalía en la historia estadounidense, rompiendo los acuerdos bipartitos de política exterior a Centroamérica, y una regresión absurda al lenguaje anacrónico de la Guerra Fría. 

El embajador Arreaga fue leal a los principios institucionales de su país, y como no se sumó a los grupos fanáticos fascistas que predominan en Guatemala, cuya única meta es el inmovilismo e incluso el retroceso del “statu quo”, entonces comandados por el más mediocre de los comediantes del trópico, sufrió campañas difamatorias, y hasta un cabildeo intenso, para que fuera removido del cargo. Por supuesto, un profesional de su calidad y estirpe, siempre iba a tener el respaldo del Departamento de Estado. Así que los extremistas, a pesar de los millones invertidos en despachos de cabilderos, se quedaron con los colochos hechos.

Ahora el embajador Arreaga, regresa a su hogar, digno y satisfecho, de haber cumplido una misión destacada y con alto grado de dificultad, al servicio de su país adoptivo, pero también después de haber respondido, con inteligencia y buen criterio, a las exigencias del contexto, del país donde nació. Que Dios depare, a Luis y a Mary, y a sus hijos un futuro, lleno de fortuna, como bien merecen. Sus paisanos, que tuvimos el privilegio de conocerlo lo extrañaremos mucho y le damos las gracias por sus grandes ejecutorias caracterizadas por su elegante discreción, sus destrezas y habilidades, su suavidad, tacto y astucia, su cortesía, y sobre todo su orientación a resultados concretos sin ofender a nadie y sin abusar de su poder, que incluso suele ser más grande que el de nuestros Presidentes de país bananero.


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