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Opinión

Argentina, 1985

Inmediatamente me sentí dentro de la historia. Todo me llevó a la Argentina de los años 80, a la Noche de los Lápices, a los lenguajes que definen las dictaduras y el horror, a las Madres de la Plaza de Mayo; no me fue difícil creer cada diálogo, en cada personaje, en cada escenario.

ALEPH

¡Qué película la del director Santiago Mitre! La vi hace pocos días, mientras estaba de viaje fuera de Guatemala. Me la habían recomendado mucho y el solo hecho de saber que la película había llenado salas, tanto en Argentina como en Nueva York, me hacía sentir que debía verla, al menos para formarme una opinión propia.

No es frecuente que quiera ver una película que llena salas, porque generalmente son películas muy comerciales y de poco contenido, pero esta era precisamente lo contrario y por eso llamó mi atención. Buscando en internet encontré la siguiente descripción: “Durante la década de 1980, un grupo de abogados investiga y lleva a juicio a los responsables de la dictadura cívico-militar argentina”.

Inmediatamente me sentí dentro de la historia. Todo me llevó a la Argentina de los años 80, a la Noche de los Lápices, a los lenguajes que definen las dictaduras y el horror, a las Madres de la Plaza de Mayo; no me fue difícil creer cada diálogo, en cada personaje, en cada escenario. Sin duda, una película muy cuidada, unas actuaciones gigantes, mucha información bien procesada y trabajada, y los testimonios impactantes que definieron aquel juicio contra los militares argentinos y su peso histórico en esta Latinoamérica que aún huele a terror y sangre.

En Guatemala, donde aprendemos nuestra historia en las calles, en los libros y películas que nos vamos recomendando, o en los espacios de diálogo y disenso que nos vamos permitiendo porque no hay clases de historia en los centros educativos, estas películas no solo son necesarias, sino fundamentales para tejer hilos de memoria entre nuestro pasado y nuestro presente. No para quedarnos chapoteando en charcos de nostalgia, sino para construir futuros más promisorios que los que las dictaduras nos dejaron, porque nadie ganó esa guerra. Latinoamérica aún transita por oscuros corredores de subdesarrollo y muerte.

La película ha puesto a hablar a diferentes generaciones y sectores de la sociedad argentina actual en un momento clave de la historia de aquel país, a un año de elecciones generales y en medio de una profunda crisis, como sucede en casi toda Latinoamérica. Muchos coinciden en que es una buena película, aunque algunos analistas argentinos señalan que faltan detalles históricos claves: el trabajo anterior de varias organizaciones y de la Conadep, al crear el informe Nunca Más, que le sirvió al fiscal Strassera y a su equipo para argumentar en el juicio, la fuerza de las Madres de la Plaza de Mayo en una de las escenas, el papel histórico de los jueces, entre otros.

Yo entiendo que es una película presentada en 2022, pero basada en hechos sucedidos hace 37 años y, por lo tanto, una película de ficción que se levanta sobre los sucesos reales que dejaron 22 mil muertos y ocho mil desaparecidos. También entiendo y comparto que es necesario insistir en que la justicia no es un destino al cual se llega, sino un proceso en el cual participan muchas personas y colectivos. Sin duda, Strassera y su equipo jugaron un papel crucial en aquel momento, pero llevar a la justicia a militares como Videla y Massera fue un logro de muchos.

Me es imposible no asociar la película a nuestra guerra de 36 años, a nuestro genocidio —juzgado primero y negado después—, a nuestros 200 mil muertos y 45 mil desaparecidos. Me es imposible no sentir y no desear siempre justicia. Sobre todo, cuando veo lo que han hecho con la justicia independiente en Guatemala, con el malicioso proceso de retiro de inmunidad que se ha seguido contra el honorable juez Miguel Ángel Gálvez y con la nueva orden de captura girada contra la ex fiscal anticorrupción Virginia La Parra. Argentina, 1985 habla de justicia, de esa buena justicia que una vez cada tanto es posible.

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