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Opinión

La muerte de la Reina en el contexto internacional

El Reino Unido y el mundo entero están de luto por la muerte de la reina Isabel II. Nueve de cada 10 personas en todo el globo nacieron durante su reinado. Y uno de cada tres asocia el término monarquía con ella. Su partida marca el fin de un reino tan longevo, que duró más de medio siglo. Es la soberana con más años de servicio en la historia del Reino Unido, visitando más de 120 países. A lo largo de su reinado se reunió con 16 primeros ministros, desde Winston Churchill hasta Liz Truss. Vio pasar a 14 presidentes turnarse en la Casa Blanca, desde Harry Truman hasta el actual Joe Biden, y a siete papas subir al trono, desde Pío XII hasta Francisco.

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La figura de Isabel II fue importante durante sus 70 años de reinado para asegurar la unidad de la Commonwealth, una organización que también reúne a países donde el soberano británico no ejerce formalmente ningún poder, pero sí una gran influencia. Para su sucesor el desafío no será nada fácil. Hay equilibrios muy delicados en juego, especialmente en la zona del Pacífico.

Además de Australia, en la región oceánica la corona también reina sobre las Islas Salomón, cuyo gobierno recientemente expresó orientaciones cercanas a Beijing. Todo en un área que durante años se ha convertido en el centro neurálgico del desafío entre Estados Unidos y China.

Si bien es cierto que el rey Carlos III ahora tiene un papel representativo y ceremonial, hay que estar conscientes de que, además de heredar la corona, se convierte en jefe de Estado de otras 14 naciones. Por lo tanto, lo que sucede en el palacio de Buckingham tiene un impacto directo en los asuntos internacionales y en el equilibrio de la Commonwealth y las antiguas posesiones del imperio británico.

El papel representativo y el papel ceremonial no son sinónimos. Aunque la corona hace tiempo dejó de ostentar el poder ejecutivo, la función representativa no es solo ceremonial, sino que, por el contrario, durante años ha asumido una importancia casi primordial en la gestión del reino. Para representar la corona, la prioridad es el mantenimiento de la unidad, tanto del Reino Unido como de la Commonwealth. En este sentido, la figura de Isabel II era esencial. La reina era respetada por los diversos líderes del gobierno británico y de los demás países de los que era soberana. Desde su palacio y con su figura conciliadora logró resolver tensiones y escándalos que involucraban a políticos y miembros de la realeza de su propia familia.

En una palabra, la soberana logró credibilidad, honor y alto sentido del deber ante la corona, y esto a su vez ayudó a preservar la unidad, dejando un gran legado político. La gran interrogante es si el futuro soberano será capaz de garantizar de la misma manera la unidad de Gran Bretaña y los países que gravitan alrededor de la órbita de la corona.

La Commonwealth es un engranaje complejo que todavía se transmite hoy en día en la figura del soberano del Reino Unido, que tiene el delicado papel de evitar su desmoronamiento. Hoy los nacionalismos de Escocia e Irlanda del Norte amenazan la estabilidad del reinado del nuevo monarca. De la misma manera que al menos cinco naciones del Caribe han aprovechado “la oportunidad” del deceso de la reina para activar sus deseos independentistas.

Luego de la reina por excelencia no hay certezas absolutas sobre cómo será el trono de Carlos III, que incluso en la firma de su proclamación como rey mostró uno de sus momentos volubles, que no le gustó nada a la gente. Se ve venir una monarquía diferente y más simplificada que la de Isabel II. Pero también podría significar el desmoronamiento de la Commonwealth y el debilitamiento de esa nación como potencia mundial.

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