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Opinión

Lecciones chilenas

El preámbulo de la propuesta de constitución de Chile de 2022 es elocuente sobre el tenor del documento: “Nosotras y nosotros, el pueblo de Chile, conformado por diversas naciones”. Esta primera frase de la propuesta delata el uso del lenguaje de la ideología posmodernista que se ha apoderado de las humanidades, ciencias sociales y discurso de izquierda; deplora el patriarcado heteronormativo y abraza el estado plurinacional.

LIBERAL SIN NEO

Una página web con el texto de la propuesta contiene los siguientes comentarios: “La derecha bruta achorada de Chile quiere mantener la constitución de 1980 para que el pueblo chileno siga viviendo como pobres y esclavos asalariados del sistema capitalista” y “Estudiar y discernir la diferencia con la actual constitución, para poder luego elegir si aprobar o rechazar”. El primer comentario representa el ala más bélica de las manifestaciones violentas que sacudieron a Chile en 2019, que abrieron la puerta a la propuesta de nueva constitución y al plebiscito.

Una lección chilena es para dictadores. Pueden decirse muchas cosas de la dictadura de Pinochet, pero en 1988 realizó un plebiscito para preguntar a la población si estaba de acuerdo con que continuara en el poder. El “no” ganó con 55% de los votos. Pinochet se fue a su casa, por violar un artículo fundamental del manual del dictador: nunca te sometas a un proceso de votación sin tenerlo amañado, atropellar fatalmente a la oposición e imponer reglas que hacen inevitable tu triunfo. El gobierno de Pinochet estableció las bases institucionales que permitieron a Chile ser el país más próspero de América Latina por más de cuatro décadas, que los gobiernos democráticos que le siguieron, incluyendo los de Michelle Bachelet, no desmantelaron.

Imágenes del metro de Santiago de Chile mostraban un sistema de transporte público moderno y envidiable. En 2019 el gobierno intentó aumentar la tarifa del metro, que sirvió como detonante de manifestaciones violentas lideradas por estudiantes que tuvieron al país en zozobra durante meses, con cauda destructiva y enfrentamientos de turbas con las fuerzas de seguridad, que permitió domar a estos últimos con acusaciones de abusos de los derechos humanos. La conflictividad trajo a la superficie mucho descontento, el gobierno de Piñera se mostró débil e incapaz y accedió a demandas. En octubre de 2020 se realizó un referendo en el que 78% votó a favor de redactar una nueva constitución y en diciembre de 2021 el candidato de izquierda, otrora líder de las protestas estudiantiles, Gabriel Boric, de 35 años, ganó las elecciones presidenciales con 51% del voto. La lección para la izquierda está en su manual: agudizar las contradicciones con protestas masivas, violentas, sostenidas, soplar las brasas del resentimiento y conflictividad para crear y aprovechar una coyuntura crítica que sacuda el poder y abra un corredor.

El pasado domingo, los chilenos rechazaron la propuesta de constitución con 62% del voto. Un proyecto demasiado ambicioso, explícito y constructivista. Un artículo describe la propuesta como vanguardista: “Siendo la paridad de género y el reconocimiento de las diversidades y disidencias sexuales y de género un principio rector del texto se replicó en varias otras disposiciones a lo largo de la Constitución”. Esto, en lugar de un simple artículo, como correspondería en una constitución: todas las personas son iguales ante la ley, merecen igualdad de trato y consideración. Lección para dictadores y revolucionarios: no le pidas al pueblo que piense antes de votar; podría hacerlo.

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